Debe ser difícil gobernar, si por gobernar entendemos la dirección, administración y ejecución de las tareas del Estado.
Habrá quienes a esas labores antepongan funciones más entretenidas, como comunicar, o más poéticas, como seducir o inspirar para el desarrollo de los pueblos. Pero, esa gestión diaria, seguimiento, retroalimentación, veeduría y orientación de tareas específicas, que habría de ser la misión gubernamental, debe ser tan árida como para que todos los mandatarios le saquen olímpicamente el cuerpo y se escuden en tareas más simbólicas.
Le debe pasar al presidente Petro, sin tiempo para peroratas ajenas, comités y cuentas, que siente que le es más útil al país y al planeta en plaza pública la red social X, medios y escenarios internacionales con declaraciones y manifiestos, en vez de regaños y correcciones a sus colaboradores que andan en las mismas, guardadas la proporciones.
Sabe que no lo recordarán por actas firmadas ni por consejos presididos, como sí por los 29 viajes, 18 países visitados. Pero, más que nada, por los discursos históricos que, para que no sean efímeros, se reemiten por televisión pública, sin lenguaje audiovisual, como fiel testimonio de sus gestas.
No ha sido el único. A Duque le gustaba más el espejo y mejor si estaba engastado en un avión rodeado de familiares. A Uribe le fascinaba el olor de multitudes, así fueran los mismos coros contratados por la avanzada presidencial; a Santos le encantaban la parafernalia, los tapetes y el aura imperial; a Samper, los casetes de chistes flojos que repetía sin gracia; competía con Pastrana que se entretenía filtrándonos como otra de sus pilatunas inmaduras; Turbay prefería las rumbas; López, las camorras… en fin, cualquier entretención, menos ejecutar (labores, se entiende). No obstante, como dijera el sabio, el país se ha movido, así no hayamos salido del siglo veinte.
Por eso, más que reclamarle al presidente, ocupado como está en debates globales y dándole comidilla semanal a la oposición, lo que el país necesita son más sarabias y ramones, al fin y al cabo, son los que permiten que avancemos… por eso los ladridos.