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No es solo por transparencia. Ese es el mínimo deber de toda tarea política. Es más que eso. Se trata de coherencia con el imaginario de dignidad que viene construyendo el Gobierno Petro desde la campaña. Dignidad entendida como la garantía de igualdad de derechos para todos y sin miedo a reclamarlos. Pero también dignidad en sentido más literal, asociado a responsabilidad, idoneidad y respeto propio y ajeno al nombrar y ejercer cargos públicos.
La primera parte parece aprendida en los discursos y tuits; ya veremos en las actuaciones. Pero en la segunda hay cada vez más lunares que es preciso corregir. Soñar un modelo de Estado y de gobierno significa haber pensado en objetivos y metodologías, pero también en personas que lo hagan posible. Sabemos que son pequeñas utopías sembradas en el campo incierto de la realpolitik que, por acuerdos, alianzas y coaliciones, dejó deudas grandes con partidos y movimientos que los apoyaron y ahora cobran por ventanilla con puestos y nombres propios.
Pero ello no da lugar a improvisaciones tanto en nombres como en modos y formas de esas designaciones para ciertos cargos, y faltan muchos. Preocupa saber, por ejemplo, que algunos de esos nombramientos, ofrecidos no por el presidente mismo sino con intermediación de colaboradores, no tuvieron una antesala de conversaciones para alinear políticas y direccionar horizontes; o que algunas de esas hojas de vida no fueron estudiadas con suficiente eficiencia en probidad, antecedentes y normatividad, para evitar limbos, escándalos y patrasiadas.
Falta (otra pequeña utopía en contravía del tiempo) esa “escuela de gobierno” que permita cualificar y evaluar funcionarios antes de nombrarlos, para ir a la fija, más aún si muchos de ellos son técnicos o académicos sin experiencia en los resabios de la gestión pública.
Hay sapos tragables en algunas carteras y aciertos en otras, como en el Ministerio de Defensa, donde la purga era necesaria, para que, sin excepción, todos los estamentos entiendan que hay que cambiar lo que haya que cambiar hasta que la dignidad, en todas sus acepciones, sea costumbre.
