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La contradicción como estrategia

30 de septiembre de 2026 - 12:05 a. m.

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Pedirle coherencia al gobierno es arar en el desierto. Primero por su desconocimiento que lo ha hecho patrasearse sin asomo de vergüenza. Segundo por su impertinencia que lo tiene enfrentado con podercillos económicos o políticos que pasarán factura cuando esté en juego la gobernabilidad. Y tercero, porque sigue experimentando para impactar las emociones ciudadanas.

Por eso la recurrencia en contradicciones y paradojas, una estrategia común entre outsiders, para ocultar improvisación o la falta de una hoja de ruta, barnizar equivocaciones para que parezcan intencionales o para exacerbar la tribuna y tomarse la agenda vía escándalo.

Eso pasa con la pistola al cinto del presidente. Nada más contradictorio que las armas para razonar sobre seguridad. Nada más eficiente que soliviantar el miedo para que el ciudadano se pliegue y deje de tener reparos.

O hablar de transparencia e institucionalidad mientras se ataca a los jueces, se les despoja de competencia para conocer en primera instancia tutelas contra el presidente y entregársela al Consejo de Estado. Se infunde la idea de legítima defensa presidencial, mientras el ciudadano pierde garantías para controlar eventuales desmanes gubernamentales.

O la exigencia de claridad y probidad en las cuentas oficiales, acudiendo sin descanso al “petrovisor”, pero evitar la rendición de cuentas sobre donaciones recibidas, usos del helicóptero, nombramientos de parientes de (ex) familiares o acerca de la idoneidad de funcionarios que no tienen pelo para moño.

O la del tal imperativo de no iniciar negociaciones con personas al margen de la ley, salvo que pudieran ser conocidos o pudieran dar pistas sobre otros delincuentes no tan conocidos.

O la de hablar de austeridad para terminar presentando un presupuesto 2027 superior en casi sesenta billones de pesos al del gobierno anterior.

Y así una lista larga que incluye la de despachar desde el Palacio de Nariño y no desde el Palacio de San Carlos, las idas y vueltas con el banco de talentos, las vocerías gubernamentales, el respeto por la libertad de expresión… en fin.

La estrategia es entonces hablar a veces como gobierno, a veces con tono de oposición (a la clase política, por ejemplo) para descolocar a adversarios. Sobredimensionar la inseguridad para que la población sacrifique derechos para recuperar la “calma perdida”. Polarizar a todos los niveles para impedir alianzas entre grupos rivales. Pero sobre todo distraer con globos de ensayo (con el festival de anuncios en trinos y alocuciones) o cortinas de humo, con acciones espectaculares como la de Santa Marta.

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A su favor juegan la fractura de la oposición, la creencia de que se trata de efectos aislados, la pérdida de autoestima y la ausencia de una comunicación unificada que dispute el monopolio de la agenda pública. Llegan tarde. Por eso siguen cayendo en la trampa.

@marioemorales y http://mariomorales.co

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