Nada que espante más que este hedor de alcantarilla en la campaña electoral. Pero a pocos candidatos parece preocuparles. Como si la abstención, producto de la metástasis de la corrupción, fuese conveniente a quienes se adueñaron del ejercicio político para mantener el voto amarrado y obediente.
Por eso insisten, con descaro, en decires que se han convertido en comprimidos para que se traspasen generacionalmente: por ejemplo, esa resignación culturalmente aceptada del voto comprado y de la corrupción en la costa norte, o que las mismas acusaciones solo surgen en elecciones, como las presuntas presiones denunciadas por ganaderos para votar por la Cabal.
O insisten en imaginarios como que los partidos no son tribunales éticos, para aceptar maquinarias y apoyos con antecedentes de corrupción. Si no son ellos, ¿quiénes?
O sobreentendidos como que la vida personal y afectiva nada tiene que ver con la imagen pública de los políticos, que aquí, convertidos en machos machotes, exhiben mozas como trofeos y las esconden solo en capitulaciones matrimoniales.
O creencias como que si a alguien le fue bien en una empresa comercial, no siempre con métodos transparentes, está preparado para dirigir este navío ebrio.
O prejuicios como que la tecnología es aval contra el fraude, según cacarea el registrador mientras pretende tapar jugaditas al pedir renuncias protocolarias de delegados y registradores regionales, según Noticias Uno, en víspera electoral.
O normalizaciones como la discrecionalidad del presidente para cambiar a su antojo la representación diplomática y nombrar en su lugar a oportunistas que le preparen el periplo de la vergüenza que se apresta a adelantar.
Cruel paradoja de este país descompuesto: apartar con una mano los escrúpulos y, parafraseando a Kafka, con la otra tratar de cambiar con el voto lo que con el voto han construido los pícaros, hoy exhibidos con sus desmanes.
O dejamos que se terminen de tomar lo que nos queda o seguimos en la paciente tarea de demolición: minado el pretexto del conflicto armado, hay que evitar que se escondan en la abstención como causa de nuestros fracasos.