Alcanzó Petro su objetivo de alinear a la vieja política, el viejo establecimiento y el pasado ineficiente del ejercicio del poder —encarnado en cuatro expresidentes— con el consenso en la oposición a una pretendida constituyente por la vía que sea. Gana así —moviendo emociones primarias— nuevos jefes de debate para la campaña de su coalición en la próxima contienda electoral. Pero especialmente afronta la estrategia de la derecha que, aun a costa de inculparse, quiere dejar en el ambiente el clima de opinión de que en el poder todos son iguales.
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Todo lo que puedan decir en su contra Santos, Pastrana, pero especialmente Duque y Uribe refuerza su tesis de una élite atornillada en el poder, antes que nada por las prebendas y luego por la necesidad de echarles tierrita, como gatos, a los estropicios que dejaron cuando controles y vigilancia eran otra cosa.
En medio de esa angustia, los expresidentes, sus altoparlantes y quienes quieren sucederlos —por encima del mismo Petro— han sido más responsables de la gestación y conformación de la criatura, de sus señas particulares y de sus características para encarnar todos los miedos posibles.
Mientras los “sesudos” análisis de la oposición siguen en Babia, especulando y profetizando, el presidente suelta la perlita de la imposible e improcedente constituyente de manera deshilvanada o contradictoria, como ahora que deja el balón en la cancha del Congreso. El resultado es la reactivación del reflejo condicionado de la dependiente propaganda política de oposición, que sigue salivando mientras trata de mantener su táctica de demolición semanal. La más reciente es que, en vez de atacar las reformas que vienen, se enfoca en las ya aprobadas para inhabilitarlas, conectándolas con versiones de corrupción que parecen creíbles, pero a las que les falta carácter probatorio, so pena de pasar como simples ataques.
La tal constituyente comenzó como caballito de batalla en la retórica discursiva y hoy es un regimiento montado en la imaginería gritona y discordante que terminó por acallar algunas pocas voces racionales que pedían un alto en la guerra destructiva para pensar en positivo en el país y sus habitantes que, desde las tribunas, hace rato dejaron de divertirse con tan deprimente espectáculo.