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No dejar una fe intacta ni un ídolo en su sitio

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“Caicedo, la pasión por la música, el cine y la vida. Padeció el camino en contravía como un designio”: Mario Morales
Foto: Óscar Pérez

Menos mal el ingenuo y arrodillado director del Caro y Cuervo puso el tema en palestra. Denostar de las figuras cada vez más agigantadas de Gonzalo Arango y Andrés Caicedo los ha devuelto a la luz dura de los artistas que contribuyen a limpiar de orín, caspa y telarañas esta cultura licenciosa y sumisa que yace bajo el peso de botas de regimiento de la muchas veces mal llamada patria, y las sandalias que pisotearon los caminos extraviados de Cristo.

Sin ellos, sin su arte y estética, no seríamos los mismos. No hubiese sido posible subvertir eso que definimos con palabras deshonrosas como cultura. Subvertir, sí, de su etimología, de la posibilidad de sacar la podredumbre que nos habita desde abajo, y que nada tiene que ver con el significado castrense, manipulado y superado.

Caicedo, la pasión por la música, el cine y la vida. Padeció el camino en contravía como un designio: “No te detengas ante ningún reto. No formes parte de ningún gremio. Que nunca te puedan definir ni encasillar”. Una enseña que ha perdurado y encarnado en los jóvenes de ayer, los jóvenes de hoy, los jóvenes de siempre.

Arango, El Profeta, sufriendo hasta los tuétanos el cada día, cumpliendo el oráculo de su editor Carlos Lohlé cuando le advertía que el “paso del santo por el infierno era más necesario que su contrición prematura”.

Tábanos y hormigas, a punta de teclas de Underwoood, es su legado para derruir las bases hipócritas de una sociedad conservadurista que no se atrevía, que no se atreve a mirarse al espejo. Llegar, como diría Caicedo, “hasta los cimientos que recién excavan los que hablan de construir una sociedad nueva sobre las ruinas que nosotros les dejamos”.

Había que derrumbar, desde el arte, los ídolos de barro vestidos de charreteras deslucidas, por más que quieran, por la fuerza, verlos redivivos.

Había que minar las estatuas falsarias que, de manos ajenas, nos vendieron como nuestras.

Queda la tarea, parafraseando a Kafka, para que con una mano rechacemos la desesperación y la frustración de la patria que nos dicen que tenemos y con la otra podamos escribir lo que vemos bajo estas ruinas. ¡Que viva el Fuego en el Altar nadaísta! ¡Que viva la música!

@marioemorales y http://mariomorales.co

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