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No es suficiente con que transija y finalmente vaya a una consulta. Ese es un imperativo categórico en estas dinámicas del deterioro del ejercicio político. Pero es que se trata precisamente de comenzar por eso: de que el candidato Fajardo se reconozca con humildad, de la cual carece, pero que le enrostran las encuestas, los sondeos y la opinión pública.
No va a ser posible, por lo menos no en su caso, que, parafraseando a John F. Kennedy, crezca y se haga presidente sin convertirse mientras tanto en político. No puede insistir en saltarse ese paso de ser o comportarse como candidato, como una pretendida muestra de profilaxis. No puede seguir esperando que el mundo se adapte a él con esa aureola de cientificidad que para el ciudadano no pasa de dispersión y ausencia de compromiso.
Ya lo sabe. Hay que marcar límites, líneas rojas. Todos contaban con él y él no contaba con ninguno. No todo suma. El silencio y los sobreentendidos son arma de doble filo. Esa no es una estrategia. Aunque parece que lo suyo es no tener estrategia con la narrativa repetida de orbitar en torno a otros y no arriesgarse a construir su propio campo gravitacional.
Es el mismo de hace dos derrotas. No innovó. No se reconfiguró escondido tras esa asepsia que tanto tiene que ver con la brecha entre conocimiento y realidad. No ha cambiado su mirada sobre los electores que esperan ser seducidos y convencidos, de manera coherente, y tratados como copartidarios o incluso como alumnos, en el sentido literal de la expresión, es decir, como personas que necesitan alimento y no, en el sentido tergiversado del término, como individuos faltos de luz.
Quizás ya sea tarde, pero probadas, y ya fallidas, las tácticas del distanciamiento, le llegó la hora de hacer política, con el pretexto de no polarizar. Si quiere probar que puede cambiar el entorno, que demuestre que se puede cambiar a sí mismo. El momento político requiere otro Fajardo o, por lo menos, otro centro, recio, definido y fortalecido, aún sin Fajardo.
@marioemorales y http://mariomorales.co
