Por fatiga o repetición, hace rato que se perdió la cuenta de las veces que el país le ha dado el ultimátum al ELN, luego de cada uno de sus actos desquiciados, para que de veras se siente a negociar.
Ya son 30 años de escarceos en busca de un acuerdo con esa guerrilla sexagenaria que se ha venido fortaleciendo en tropas al tiempo que languidece en sus métodos cada vez más alejados de los herrumbrosos ideales de antaño. Tras un trimestre de vencido el cese al fuego, sus acciones, que parecen titulares de un periódico del siglo pasado. Abusan de los habitantes en territorio, de indígenas, afros, desplazados, confinados, mujeres víctimas de violencia sexual, niños y niñas reclutados, la naturaleza y de los jóvenes de la fuerza pública, que tampoco entienden por qué esos armados ilegales siguen echando bala sin ton ni son.
Abusan de la convicción nacional de que la guerra no es el camino, sino botín politiquero o económico de hematófagos y lampreas que se alimentan de sangre ajena. Abusan de víctimas que inveteradamente están dispuestas a perdonar para que otros no pasen por ese martirio. Abusan de la iglesia, los países facilitadores y hasta de la ONU, que extendió su misión un año más para verificar el empantanado (in)cumplimiento de lo acordado con las FARC, y acompañar mesas, como la de los elenos, para lidiar con los renovados e injustificados caprichos de esa insurgencia.
Por eso, a propósito de las reuniones de estos días para retomar los diálogos, con su insufrible falta de ritmo y resultados, urge que esa guerrilla deje de buscar pretextos en los métodos, la desconfianza, las listas internacionales en las que aparece y en la falta de voluntad política, y firme de una vez por todas, y no solo por Navidad, el cese de hostilidades indefinido y el compromiso de no levantarse de la mesa hasta que, en los insuficientes 19 meses, el proceso quede tan adelantado para que un nuevo gobierno ni piense en hacerlos trizas.