Resulta simplista y tiene matices de Perogrullo, pero la máxima se repite, sin réplica, en cuanta reunión política hay: ganará las próximas elecciones quien interprete las tendencias latinoamericanas sobre la base de la seguridad, antes que de la economía o movilidad.
Por eso hay quienes sueñan con un Frankenstein entre Milei y Bukele, mientras otros siguen con la labor de demolición de la confianza y autoestima nacionales para propiciar el salto de la rabia, como decíamos hace días, al miedo; y luego a la incertidumbre, según confesión radial de la senadora María Fernanda Cabal, citada por Hugo Acero.
Pero la meta es el caos, así implique final anticipado del Gobierno. Cree ella que irracionalidad e incoherencia son los rieles para hacerse a la candidatura del uribismo y afines. Quiere parecer que olvidó el menosprecio en horas cruciales, pero, por las dudas, contempla apoyar proyectos de transfuguismo para conformar sus propias líneas.
Pretenden ella y sus aliados “quitarle” el respaldo del voto joven a Petro, pero ni en imagen ni en narrativa logran conectar con ese nicho decisivo. En cambio, abren las puertas para la aparición, como en El Salvador y Argentina, de un outsider díscolo, autoritario, rico y sin límites con la promesa de la seguridad, que, en la inconfesable percepción ciudadana está en la cima aspiracional aun a riesgo de sacrificar derechos y libertades.
Siguen sin encontrar ese perfil, al que le apuntó también Miguel Uribe Turbay, incapaz de hilar más de dos frases. Por eso en la tómbola de nombres ha vuelto a sonar Abelardo de la Espriella. Él lo niega, mientras construye perfiles con banda presidencial a manera de disfraz, aboga por uso libre de armas, mano dura contra la inseguridad y, tal vez, espera condiciones para saber si se lanza o no. No asombra, a pesar de que no ha ocupado cargos públicos de relevancia.
Mientras unos reclaman su derecho en la fila, los que deciden siguen barajando opciones. Al fin y al cabo, abatidas las ideologías, al decir de Fukuyama, la algocracia, de la mano de estrategas desaforados, es capaz de todo. A la suerte… ¿Tan mal estamos? Cada uno dirá, pero lo que sí es seguro es que podemos estar peor.