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Tampoco la guerra de encuestas, con resultados tan disímiles como predecibles, ha podido sacar del letargo, como hemos repetido, a la campaña por la alcaldía de Bogotá.
Ni siquiera la aparición en los dos primeros lugares de los sondeos de Carlos Fernando Galán ha logrado mover las emociones de los bogotanos. O debe ser precisamente por eso: un candidato descafeinado y sin propuestas novedosas, más allá del continuismo. Su apellido y su terquedad en hacerse contar son las expresiones más obvias del desinterés ciudadano y del pesimismo reinantes.
Claro, inciden la torpeza de Gustavo Bolívar al querer polarizar en medio de la exacerbación nacional y la ingenuidad sin fondo del yuppismo uribista o, al revés, de Oviedo para que Galán, sin mayor esfuerzo, se notara. No hay, en todo caso, un desplazamiento hacia al centro. Ese que en Bogotá, la capital del voto de opinión, no existe y al que la frustración por el mandato de Claudia López terminó de invisibilizar.
Es una suerte de determinismo tempranero. Con la derecha desterrada, por incapaz, clientelista y además empecinada en el mezquino rol de vaca muerta; y con la izquierda recalentándose, por ingenua y falta de preparación y gerencia, en la hoguera de sus vanidades. A esta altura cualquiera de los demás candidatos puede ser alcalde. Y tal vez eso sea lo más frustrante: ¡cualquiera!
Una contienda en la que los errores decidirán alcalde es una contienda triste. Hoy lo sabe la oposición que se muerde la lengua para no expresar el apoyo a todo lo que se oponga al petrismo. En medio del desinfle, la investigación que se le abre a Oviedo le puede servir de honrilla para hacer mutis por el foro… Ergo, ya se sabe quiénes pasarán a segunda vuelta.
Y entonces no será el taimado llamado plebiscitario, ni la doctrina, ni siquiera los antecedentes en la ciudad los que pongan alcalde, sino la manera cómo evolucionen los ataques al gobierno nacional. Es decir, si encuentran por fin pruebas para atajarlo o si las consejas y rumores terminan por construir una víctima propiciatoria. El destino de la ciudad está ligado al del país.
