¿Qué le está pasando a Gustavo Petro? Reclamar verificación o contradecir habladurías en las redes de periodistas, lo cual es desproporcionado e indebido desde la majestad presidencial, es entendible ante la frenética ola de rumores que dejó de ser materia prima periodística para convertirse en infotenimiento o insumo para politiquería barata; pero otra cosa es perder el norte en argumentos y la sindéresis en el reclamo como en el dislate que estigmatizó a la Flip.
El pretexto de defenderse pierde autoridad si se hace con señalamientos agresivos que confunden e infaman a un baluarte como la Fundación en la protección de la libertad de expresión. Pero si alguien no necesita esa explicación es el mismo presidente. Por eso, más que razones hay que buscar explicaciones a su extraño comportamiento.
Una posible es la pérdida de control por saturación, comprensible si no mediara la ausencia de disculpas debidas y la reiteración y fijación de su señalamiento en su cuenta de X. Otra posibilidad es la insistencia que le hacen, a punta de insinuaciones y presuntas conspiraciones, los que sí tienen contacto con periodistas, para cambiar su estrategia comunicacional, que apuntaría a construir un nuevo enemigo.
Conocida la pugnacidad con quienes hacen “periodismo corporativo”, campaña con desinformación, oposición ideológica y solo les hablan a sus nichos, casar pelear también con quienes muestran equilibrio y distancia, solo buscaría polarizar para generalizar la victimización, ya no de periodistas activistas sino de toda la prensa nacional.
Eso llevaría a la tercera posibilidad: erosionar la credibilidad de los grandes medios y líderes de opinión en una arremetida conjunta en vez de seguir respondiendo ataques específicos justos e injustos, y para tratar de limitar el imaginario que, sin muchas pruebas, se sigue construyendo en torno al presidente y su gobierno.
El anuncio de demandas, los epítetos y la resonancia viral de sus reclamos más que abrir el debate, lo cierran y sientan precedentes a manera de advertencia para futuras publicaciones. Desacreditar a todos los mensajeros puede resultar más eficiente en el día a día, pero patea las bases de confianza, prestigio y buenas maneras. Las prácticas periodísticas se pueden debatir, la libertad de expresión no. Presidente, ¡hable con los periodistas!