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No creo que la ministra de las TIC deba renunciar. No debería hacerlo. Y no por insuficiencia de capacidades para estar donde está. Eso, su incompetencia, es lo único que ha podido probar. ¿Cómo pudo llegar tan alto?
Tampoco por sus debilidades comunicativas y su discurso inconexo fabricado con frases de cajón. Como esa, aprendida de Duque, de que quiere ser clara, o de que lo que tiene es ganas (¡si solo fuera por eso!), o de que la conectividad es equidad, hoy contradicha por sus yerros y por el no futuro para los usuarios de su proyecto de internet gratis en zonas rurales.
Ni por su palpitante nerviosismo cuando balbucea o se contradice frente a una cámara o un micrófono. ¿Cómo la ponen a sufrir así sus asesores? ¿Qué quieren despertar? ¿Lástima?
Ni siquiera por el cinismo de afirmar que fueron ellos los que abrieron la caja de Pandora o de ofrecer cabezas y muertes políticas, como la suya misma, mientras baja la marea y la memoria RAM del periodismo.
Tampoco debería haber oposición al escandaloso nombramiento de Carrasquilla como codirector en el Banco de República, todo un desafío al sentido común y a los mínimos niveles de inteligencia ciudadana.
De igual manera, no debería haber objeción al esperpento de proyecto de amnistía general, sin futuro y sin opciones, en el que Uribe quiere montar a Duque para terminar de hundirlo mientras juega al ensayo y error.
Este país desmemoriado, que comienza a mirar al 2022; este país indiferente, que cree que nada puede cambiar a la sombra de los gamonales de siempre; este país insensible, que va de caída en caída, necesita que lo azucen todos los días durante los próximos nueve meses, recordándole esas veleidades y esos caprichos, para que el adormecimiento en medio de la campaña por culpa de la rabia y el miedo, que busca alejar el interés y a los votantes, por una vez en la historia no lo lleve a tropezar, de nuevo, con la misma piedra. Que se queden.
