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Que los colombianos somos obsesivos, más que las estadísticas por encima de promedios mundiales, lo demuestran los episodios nacionales en los que estamos empeñados más de la mitad de la población esperando el incremento del salario mínimo.
No es sino mirar la avidez con la que medios y autoridades vienen anunciando la llegada del fenómeno de El Niño, que resultó más esquivo que Vargas Lleras y Peñalosa cuando les inquieren por sus intereses e influencias en nombramientos de la Alcaldía de Bogotá. Ni la declaración formal de la ministra de Ambiente de la llegada del fenómeno permitió conocerle señales particulares, porque la actual ola de invierno ahogó las salvas que le daban la bienvenida en medio de la que iba ser la sequía más prolongada de la década.
Lo confirma la tozudez con la que esos medios chapinerunos vienen recalcando la tal “independencia” del alcalde Galán, mientras se viste con trajes apolillados diseñados por camaleones de la función pública, que con tal de conseguir puestico firmarían por notaría su virginidad ideológica, con ese aire de superioridad que desterró al centro político.
Lo corrobora el afán insaciable por decretar la muerte de la paz total, como si fuese una tendencia digital o moda pasajera, aireando con Inflamil cada desavenencia, suspensión o afectación del orden público.
Pero nada como la obsesión con la figura de Gustavo Petro, tanto de áulicos como de malquerientes que sueñan con protagonizar su sacada a sombrerazos del cargo y del juego político. Claro, da rating, como lo prueban las inconmensurable columnas y noticias que lo etiquetan, y las tendencias de Google que en los últimos doce meses lo ubican en el epicentro de la atención, junto al futbolista Luis Díaz. Muy lejos en popularidad aparecen James Rodríguez y Álvaro Uribe, indestronables hasta hace poco; para no hablar del reguero de comentarios, alusiones y vituperios que apuntan, todos a una, a cancelarlo, como si se tratara de su sola persona, o la de sus votantes, y no de la suerte de este país compulsivo que, paradójicamente, no imagina otros presentes posibles, sino que se ilusiona con futuros apocalípticos, con el único interés de reclamar la autoría de una profecía cumplida.
@marioemorales
