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Pudo ser inconsulta, sin “precocinar” y hasta sorpresiva la autorización del presidente Uribe para que un delegado del Papa actuara como garante en la eventual liberación de seis secuestrados en poder de las Farc; todo, menos improvisada.
Estaba tan calculada que no había necesidad de contactos o preacuerdos con los prelados. El Gobierno suponía que las Farc iban a rechazar la propuesta tal y como lo han hecho inveteradamente en el pasado inmediato y como lo insinuaron en la página de Anncol este martes.
¿Qué busca entonces? Aun si la guerrilla acepta la participación de un delegado del Vaticano, el interés del Gobierno colombiano cubre varios frentes:
-Borra del horizonte, de una vez por todas, la posibilidad de que tome fuerza para ese rol la figura siempre latente de Hugo Chávez u otro personaje que no pueda ser visto de buena gana por la Casa de Nariño.
-Se queda con las albricias políticas del hecho al internacionalizar el proceso y apuntárselo como un positivo.
-No deja que otros nominen a ese garante, con lo cual perdería el control de la situación tal y como sucedió en diciembre de 2007.
-Con un aval internacional, ad hoc y a término fijo, impide que tome fuerza en las corrientes de opinión la idea de la necesidad o urgencia de un acuerdo humanitario, en el que es recurrente la guerrilla.
-Busca que las liberaciones sean un acto efímero, sin consecuencias ni deudas que obliguen al Gobierno a devolver el gesto o a quedar comprometido.
-Y, de paso, la Fuerza Pública gana tiempo para hacer inteligencia.
Por eso el desconcierto de todos, comenzando por el del mismo monseñor Rubén Salazar, presidente de la Conferencia Episcopal.
Contra lo prometido, las dos partes han vuelto a las estrategias mediáticas en medio del dolor y la ansiedad incrementada de los secuestrados y sus familiares, que ven cómo una “sencilla” entrega unilateral se está convirtiendo en un intríngulis político y propagandístico. Imagínense lo que sería si alguien hablara de intercambio o negociaciones. Por esas razones o sinrazones llevamos dos siglos en guerra.
