Se quejaba al aire el analista Héctor Riveros, con ironía, de que los periodistas deberían preguntar el porqué de algunas decisiones del gobierno, y no lo hacían. Y es que son tantas las dudas e incertidumbres por nombramientos y actuaciones que el ciudadano y la prensa ven pasar la realidad como un tráiler inconexo sin que medie explicación alguna.
El monto y destino de dineros recogidos por la primera dama; el uso del helicóptero y la parafernalia rocambolesca en torno a los desplazamientos del presidente; la incoherencia en nombramientos que recaen sobre amigos, familiares o empleados; la trasescena con el gobierno israelí; las mentadas operaciones militares estadounidenses en nuestro suelo y tantos otros “anuncios” han ido adquiriendo el aire de rumor que nadie confirma, pero nadie se atreve a desmentir. Peor aún, nadie se atreve a preguntar.
Es cierto que desintermediación, helicóptero y hasta maletines de seguridad ponen distancia intencional entre un personaje que ha vivido entre luces y cristales, y que la técnica del Gish Gallop o bombardeo con cantidades de información mezcladas con imprecisiones y exageraciones, como el polémico Libro de la Verdad, termina en fatiga por acumulación; pero también es cierto que un sector del periodismo parece cómodo con ese ritual, limitado a repetir posteos y comunicados sin cuestionamientos, con el subterfugio del escaso tiempo que va de gobierno. El periodismo –el periodismo de veras– no conoce de plazos ni de treguas en su afán de indagar o, insistimos, por lo menos preguntar.
Es claro que no hay aún un régimen comunicativo y que están tomando decisiones al compás de veleidosas corrientes de opinión para polarizar, como con la tardanza de ayudas por el terremoto, la estólida cruzada del ICBF, persecución a migrantes, la sede de la Casa de Nariño, origen de los incendios, etc.
Acuden, entre tanto, a la estrategia trumpista de “flooding the zone”, o inundar el ambiente, pero sin atacar a los medios porque aquí muchos defienden, mientras allá fiscalizan. Si escasean las preguntas, único remedio contra el totalitarismo, quizá toque acudir, como proponía Riveros, a la ironía o a los novelistas.