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Lo obvio es pensar en la radicalización del discurso del presidente Petro como una decisión autónoma. Lo incómodo es imaginar que ese giro haya sido también resultado de presiones, conscientes e inconscientes, de oposición y medios, aupadas por relatos de miedo y de rabia.
‘Acorralado’ es la expresión utilizada en el Gobierno, urgido de hechos y resultados entre tantas promesas del tren de reformas, y de la verborrea con la que Petro se tomó literalmente las agendas pública y política, como no sucedía desde las épocas de Uribe.
De ahí el miedo al fracaso, porque en eso se traduciría el incumplimiento de su programa, del que hablara el presidente en Europa. Pero la solución no puede ser:
1. Retorno a la agitación. Sin resultados no hay lealtad que valga. Lo saben quienes, agazapados, ponen palos en la rueda así se lleven el país por delante.
2. El recurso del yoísmo, la palabra más usada por Petro, después de democracia. No solo son contradictorias, detrás hay un gobierno, un proyecto….
3. Abrir tantos frentes de debate tan disímiles como desequilibrados, aunque la desinformación sea también la verdad a medias o contaminada de opinión de algunos informadores.
4. El repentismo, por más habilidad que se tenga, suele jugar malas pasadas, por la emoción que nubla, por descaches que son indomables una vez pronunciados, pero sobre todo por estrategia integral.
5. Elegir el enemigo equivocado, como en el caso del fiscal, usados por campañas y como garganta de ventrílocuo, por la desesperación de la oposición de no encontrar, como pasó en elecciones, una contraparte de altura. La mediocridad suscita solidaridad por doquier.
Hay que pensar como estadista, actuar como gobernante y ejecutar como negociador. Los cambios son procesos, no mantras inmediatos. Ceder es ganar un poco, como en el caso de Ecopetrol. No hay duda de que hay que seguir explorando. La ministra de Minas y, sobre todo, su padre, pueden tener otros horizontes….
Y urge claridad retirada sobre los alcances de las intenciones presidenciales para derrotar aires conspiradores, último reducto de quienes no entienden que ya no gobiernan o influyen. Navegar sí, pero hay que calmar las aguas.
