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Es como si en medio de tantos anuncios el año se acabara de despertar. El terremoto en Turquía y Siria no solo nos recordó nuestra fragilidad en esta bolita azul con tempestades, sino de lo mucho que hacemos para mantenerla convulsa, como si ese fuera nuestro pasatiempo o nuestro destino.
Porque por lo visto, con las marchas citadas para estos días, aquí no se trata de encontrar canales de interlocución o debate, sino de imponer opiniones, visiones de mundo o ideas que ya probaron su ineficacia o desatino. Luego de estas jornadas no estaremos mejor, tal vez un poco más tristes, pero sobre todo más tercos.
Esa vocación de aplastamiento o aniquilación de lo diferente nos tiene atrapados en los tiempos coloniales. Como entonces, el adversarismo parece ser el auténtico movimiento nacional, responsable de todas nuestras intolerancias que dejan, en promedio, una riña casi cada minuto en Bogotá, según la Secretaría de Seguridad. Y sin que falten las mafias de siempre, como la de los taxistas, que abrevará en esas exaltaciones para sacar tajada con el chantaje de los bloqueos.
Aplastamiento que reencarna en el fútbol, donde, como este fin de semana, los vándalos y desequilibrados ponen en práctica los llamados a la violencia de los mercachifles convertidos dizque en dirigentes deportivos, de los ignorantes que vociferan, con micrófono en mano, profecías de vida y muerte o de que no hay mañana, y de barras bravas tan parecidas en el deporte como en la política o las redes.
En medio de esos sacudones no sobra recomendar el blindaje de los diálogos con el Eln en México, con la idea de menguar la violencia. Menos voces parlantes, menos comunicados unilaterales, menos especulaciones o expectativas. Solo ruedas de prensa conjuntas con resultados y avances irreversibles si no queremos seguir con la guerra por otros medios.
Tan apesadumbrados nos toma este vértigo que ni siquiera por ironía esperamos que los recientes avistamientos de objetos voladores raros estén aquí para poner orden a tanto caos, convencidos como estamos de que son como aves de mal agüero, que, en medio de tanta virulencia, nos despiertan a recordarnos que para confrontar nacimos. Sí, terminó la calma chicha.
