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Comencemos por decir que Íngrid Betancourt tiene razón en el “qué”, pero se descachó de cabo a rabo en el “cómo” del reclamo a la Coalición de la Esperanza. No fueron adecuados el tono ni el momemtum —es decir, notoriedad vs. oportunidad—, aunque tampoco midió los alcances de la memoria selectiva y vengativa de un sector de la población que no olvida las pretensiones económicas luego de su secuestro.
Pero no deben olvidar sus exaliados ni los candidatos de izquierda que el problema más importante de esta campaña (PMI) es, o debe ser, arrinconar la corrupción, madre de todos nuestros males, con gruesísimas líneas rojas. Y que el discurso en contra de los corruptos, clientelistas y politiqueros debe ser altisonante y claro, como lo reclama este país sumido en el hambre —según lo dice la FAO— y en la falta de transparencia de los asuntos públicos —según lo documentan todos los barómetros internacionales—.
Y que no debe haber concesiones a eufemismos —como gobernabilidad, pragmatismo, realpolitik o mecánica política— para venderle el alma al diablo pensando en ganar las elecciones. Si la propuesta es seguir igual o un poquito menos mal de lo que estamos, jugando con las reglas de quienes tienen tomado el Estado y sus instituciones, estableciendo alianzas non sanctas con partidos o personajes con votantes amarrados, no hay coalición posible ni tampoco esperanza. Es el chantaje de las maquinarias que trabajan para que todo siga igual.
Hay un conglomerado de votantes indecisos que esperan contundencia en el discurso, pero también coherencia en las acciones para tomar decisiones. Voz de alerta es que algunos de ellos ya se han dejado engrampar en los decires deshilachados y populistas de un ingeniero cuyo programa no resiste análisis.
Cabe preguntarse si el envío de un alfil camuflado de Cambio Radical tenía intención de boicotear la Coalición de la Esperanza o si sus líderes, expertos en politiquería, ponen huevos grandes en las canastas en las que ven alguna opción. Pero negarse a recibir esa alianza sigue siendo un imperativo moral.
