Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
No sorprende la coincidencia en el discurso actual de líderes de opinión, medios activistas, bodegueros y asesores en la sombra de todas las derechas del país. ¿Y ahora qué?, parecen preguntarse, ¿y ahora quién?, a dos años largos de elecciones.
Tras 24 meses de guerra propagandística de todos los colores, sus avances han sido pírricos. Por eso no sorprende la sincrónica y beligerante reaparición de Uribe, aunque sí su aspecto, su tartamudeo y su deficiente lectura fruto del inevitable paso de los años. También acató la orden para llamar a sumarse a “la guerra del presidente contra toda Colombia”. Sabe que ya no es el elector ni el definidor de antaño, pero su suerte jurídica está estrechamente unida a “esa guerra”.
Como él, los sectores afines han hecho la tarea, constantes en la estrategia de ablandamiento y atiborramiento contra el Gobierno en cuanto flanco ha sido posible, y flancos es lo que provee este Gobierno, especialmente en el imperdonable abuso de recursos públicos. Esa pelea la perdió esta administración porque la oposición ha construido un elaborado y desvergonzado libreto de que cambio no hay y que ahora se roba como antes. Mal de muchos…
Pero eso parece no hacer mella en la doble moral ciudadana que prohíja la corrupción como “desliz” y contribuye al imaginario, evidente en la calle y otras actividades privadas, de que quien no roba es porque no ha tenido la oportunidad.
Como tampoco parece hacer efecto el miedo ya trasnochado de una fractura democrática. En cambio, en la oposición sí se asustan cada vez que Petro habla de constituyente. Una dosis de su misma medicina. Igual pasa con los llamados a salir a la calle, que no modifican opiniones y acentúan radicalismos.
El resultado no podía ser peor en las recientes encuestas, encabezadas por candidatos de derecha disfrazados de centro —que hoy literalmente no existe— y que además disputan a las extremas el antipetrismo.
Se entiende el desespero de Uribe et al.: sin nombres, a punta de perifoneo, agresividad y sin propuestas, es decir, sin ciudadanía, esa derecha sabe que así no regresará al poder, por más sincronizada que parezca, y en cambio puede abrir el camino a un fenómeno como en Bogotá, a un candidato sin atributos, sin sesgo aparente, pero con mayoría silenciosa, como protesta contra los radicalismos que ella misma ayudó a impulsar.
