Ese es el problema, que no vivimos en presente por culpa de paranoias globales, remordimientos de infancia, augures y arúspices, políticos respirando por la herida y economistas imberbes o en busca de prestigio.
Si viviéramos el día a día, ya los gobernantes habrían hecho la tarea de prevención y no estarían tan empanicados con el invierno que nunca se fue y amenaza con extender su mortal influencia, si creemos en profecías de derrumbes, inundaciones y enfermedades respiratorias que ya tienen a más de uno especulando morbosamente con el regreso del tapabocas y sus infames recuerdos.
Pasado el “gran susto” que la propaganda sucia construyó sobre la llegada de la izquierda al poder, ya los politiqueros adversos tienen puesta la mirada en las 53 semanas que faltan para las elecciones regionales, convencidos como están de que “el diablo” encarna en las decisiones territoriales, ya que no pudieron con la aplanadora legislativa de los partidos de gobierno. Si Uribe y áulicos están pensando en postularse en primera persona para alcaldías y gobernaciones, no habiendo más, no tendremos descanso en este país promesero, sectario y odiador, que dilapidará el año que viene para imaginar el 2024.
Con el mismo espíritu futurista, ya no es posible —nos dicen— soñar, pedir o desear un feliz Año Nuevo, si nos atenemos a advertencias de organismos económicos internacionales, profetas del desastre del primer mundo y aprendices repetidores por estas latitudes. Que estanflación, que deflación, que superinflación, repiten en todos los tonos, a tal punto que, una vez descartados bancos, colchones o divisas, nadie sabe qué hacer con sus ahorritos, cuando quedan. Solo los contradicen, también en tiempo futuro, los promotores de firmas inversionistas, propagandistas gubernamentales y algunos empresarios primíparos en cursos de actitud mental positiva.
Quizás sea esa costumbre de diferir las angustias la que nos ayude a vivir en un estado de procuración sin término, donde caben por igual la legítima esperanza —en el mejor de los casos—, la idea de venganza o la evasión, pero, eso sí, lejos del presente.