6 Mar 2021 - 3:00 a. m.

El diseñador exprimido, para mi prima

Se descubre el talento oculto de un joven en Colombia, los expertos señalan un futuro promisorio. Tiene una facilidad innegable para el diseño de modas, a la que decidió apostarle pese al matoneo que recibió en el colegio por un equivocado estigma de género.

El joven, de nombre Juan, diseña prendas únicas para sus amigos y así empieza su emprendimiento. La costura la hace su tía en su máquina de coser, las redes las maneja el primo y la comercialización la hace su madre que tiene unos cuantos contactos. Como muchos emprendimientos en Colombia, el joven nada que saca el RUT, nada que cotiza en PILA y nada que se entera de lo que es el “monotributo”. Sus energías están más concentradas en satisfacer a sus clientes que en desentrañar la maraña burocrática, como debería ser.

Al cabo de un tiempo, Juan crece su emprendimiento a una pyme y contrata seis diseñadores más, mantiene la calidad en la ropa y paga a tiempo a sus empleados, aunque los salarios siguen siendo muy bajos. El joven debería estar en jornadas largas de diseño, en concursos en todo el mundo y en talleres de crecimiento empresarial, pero tener una empresa formal requiere que buena parte de su tiempo se dedique a estar pendiente de los caprichos burocráticos.

Él sabe que el trabajo de sus diseñadores genera un valor a los clientes mucho mayor a los salarios que él paga, pero sus márgenes siguen siendo muy bajos. Juan decide investigar el origen del problema. Si lo soluciona, podrá remunerar mejor el talento de esos empleados jóvenes.

Juan busca algún programa de “apoyo” a emprendimientos, de esos que abundan en Colombia. Llena un sinfín de formularios y no gana ninguno. Perdió contra un genio de la robótica en el competido programa nacional y contra un cuñado del alcalde (y excandidato a concejal, quemado) en el programa local. Nadie en la ciudad sabía que el “ex” político se había vuelto emprendedor.

A pesar del tropiezo, opta por otro camino. Hace un estudio de mercado; en Estados Unidos, una camiseta de la más alta calidad puede costar 25 dólares (90.000 pesos), tal vez más si la marca es líder en el mundo. En Europa el precio es similar, con una gran diferencia en la ropa de calidad media-alta: hasta los más pobres pueden comprar ropa durable a un precio muy bajo.

Investiga sobre las condiciones laborales de los proveedores de esas empresas, la explotación infantil y los abusos. El emprendedor se da cuenta de que hoy los proveedores de grandes empresas tienen precios bajos más por el uso de capital y la eficiencia de procesos para aumentar productividad que por la explotación de seres humanos.

Juan se da cuenta de que sus precios son altos y los márgenes bajos porque lo que él paga por confeccionar la ropa en Colombia puede ser fácilmente el doble de lo que pagan los otros diseñadores –menos talentosos– que él conoció en los festivales de diseño de modas. Mientras que en otros países un diseñador mediocre triplica sus ganancias, el emprendedor colombiano sigue buscando alternativas para ser más eficiente.

Juan encuentra un proveedor que le ofrece confección de la mejor calidad a un precio asequible y con eso puede venderles ropa barata a los colombianos y al mundo con diseños de primer nivel. Por un momento ve luz al final del túnel.

Lastimosamente, muy pronto se da cuenta de que ese proveedor internacional se vuelve terriblemente caro después de tener que pagarle al gobierno por todos los impuestos al importar la ropa.

¿La razón? La Cámara Colombiana de las Confecciones presiona y financia congresistas para que, a su vez, presionen al gobierno. A diferencia del resto de mortales, ellos consideran que no tienen que cautivar al cliente con productos de calidad y a buen precio, sino que lo correcto es prohibir la competencia a punta de cargarlos con impuestos.

Pierde Juan, el diseñador, que es aplastado por unos acartelados que le exprimen sus posibilidades de negocio, pese a su infinito talento. En Colombia, no pocas veces, gana no el más eficiente ni el más talentoso, sino el que se logra enchufar entre las roscas proteccionistas y politiqueras.

Lastimosamente, Juan no es el único; también pierden los millones de consumidores de bajos ingresos que tienen que pagar por ropa más cara, lo cual se traduce en menos dinero disponible para comida, menos estudio o menos entretenimiento.

@tinojaramillo, martin.jaramillo@email.shc.edu

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