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14 May 2022 - 5:00 a. m.

La historia de la gasolina está muy barata

La historia de la energía es la historia de Colombia, de nuestra economía y —modestias a un lado— de toda la humanidad. Sin pretensiones hiperbólicas, uno puede decir que la energía es la única divisa universal: alguna de sus variantes debe ser empleada para lograr virtualmente cualquier cosa. El que mejor echa ese cuento es Vaclav Smil; que dice que la historia de la energía va desde la misma evolución y explica lo que somos como humanos, pasando por la industrialización, el crecimiento y la institucionalización de la sociedad.

La energía nos ha transformado desde que el humano pasó de vivir de la caza a la agricultura. Con ese cambio dejamos de utilizar toda nuestra energía para sobrevivir y quedamos con algún excedente. Esa energía adicional la utilizamos para encontrar formas más eficientes de producir alimentos y mejorar la productividad a tal punto que unos años más tarde la mayoría de nosotros ya podía sobrevivir trabajando en algo diferente a la producción de alimentos. Ahí empezó la división del trabajo.

En una de esas se masificó la leña que nos acompañó durante siglos y de paso nos embarcó en la gastronomía moderna. En el siglo XVI nuestras ciudades todavía sufrían muertes y calamidades cuando escaseaba la leña por falta de derechos de propiedad, pero en una de esas llegaron los españoles con las velas y ahí cambió un tanto la cosa. Años más tarde, llegó el vapor.

Así fuimos construyendo el mundo moderno que hoy habitamos. En Colombia fueron los empresarios, los Ospina y los Samper, quienes trajeron la energía eléctrica. A través de su empresa privada logramos la iluminación de Bogotá en la última década del siglo XIX. Casi al mismo tiempo, nos llegó el “auge del carbón” y no hicimos sino la bobadita de conectar el país a punta de ferrocarriles. Buena parte de lo que somos hoy en día en las regiones colombianas se debe a esas conexiones humanas sólo posibles por la energía que alimentaba ese sistema de transporte.

La historia de la energía únicamente se puede entender con el lente angular de los siglos, un lente que hoy nos retrata hablando del petróleo y el cambio climático. Sin embargo, las torpezas del momento nos obligan a usar el lente normal, el microscópico, inclusive. En este momento, ese lente nos revela que la energía hoy presenta el problema más grande que tiene la economía colombiana.

El panorama es desalentador: el Fondo de Estabilización de Precios de los Combustibles (FEPC) es un entramado complejo que hace poco más que subsidiar la gasolina, y este año va a cerrar con un déficit de 30 o 40 billones de pesos. Es decir, cada colombiano mayor de edad deberá poner un millón de pesos en impuestos solamente para tapar el hueco que deja la gasolina, por supuesto, adicional a los 21 billones que hemos pagado desde 2007 a este subsidio y agregado a lo que toca pagar de salud, vías y educación.

Para ponerlo en perspectiva, si dejamos de subsidiar la gasolina, el precio final subiría a unos $19,000 el galón y la inflación (según cálculos de la CARF), ya se empezaría a contar con dos dígitos. Ambos datos, por escandalosos que sean, parecen baratos a comparación de los problemas de orden público que tendríamos si todo esto se traduce en marchas.

La encrucijada más grande de todas es que la solución más sensata es la más políticamente inviable, porque el subsidio a la gasolina —esos $33 billones en 2022— van a gastarse más en los ricos que en los pobres; van a premiar más a quienes contaminan que a quienes cuidan el planeta y van a beneficiar más al que elude impuestos que al que los paga.

Con esos $33 billones podríamos duplicar las ayudas sociales para que la inflación no afecte a los más vulnerables, sacar un ambicioso programa para apoyar las industrias afectadas y fuera de eso sobraría plata para reducir el gasto. Los recursos los pagaría la clase alta a la hora de tanquear la camioneta y los subsidios irían solamente a sectores vulnerables.

Desafortunadamente, me temo que la opinión pública sacrificaría de entrada cualquier iniciativa en este sentido. Y es una lástima, porque la historia del progreso de la humanidad ha girado siempre alrededor de cómo usamos los recursos energéticos de una forma más eficiente, y con el FEPC estamos haciendo exactamente lo contrario.

martin.jaramillo@email.shc.edu

@tinojaramillo

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