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A Le Corbusier le encargaron diseñar la capital del país antes del “Bogotazo”, y alcanzó a presentar algunas ideas como la de dividir la ciudad en zonas: La zona de trabajo, la del poder ejecutivo, la de recreación y la industrial; esta última fue lo único que se logró hacer porque llegó el 9 de abril, y luego Rojas Pinilla desechó todo lo presentado por el suizo e hizo su propia planeación urbana (el CAN, la 26 y el aeropuerto El Dorado), entre otras megaobras; en el sentido estricto de planeación urbana, la década del 50 fue el inicio de la metrópoli.
Como nunca se hizo la zona de recreación, entonces, por puro azar y espontaneidad, pero sin el menor planeamiento, porque ningún alcalde dijo “señores, exprópiense estos barrios para hacer en esos espacios, una zona de vida nocturna, del goce y la lúdica”, para el año 1985 las casas del otrora barrio El Retiro, al norte, se fueron transformando poco a poco en pequeños bares. Algo parecido sucedió en el barrio Santa Inés, donde los inmigrantes llegaron huyéndole a la violencia bipartidista, pero con el resultado de la posterior creación de El Cartucho en el centro.
En Bogotá, para esos años, la gente hacía las fiestas en sus casas o en tiendas de barrio y solo existía Keops en la 96, o los sitios de salsa “dura” en La Macarena, nada de festivales musicales gratuitos o pagos, y tampoco estaban los bares de la avenida Primero de Mayo.
En 1987 había más o menos 10 bares en la zona, entre ellos el mítico Music Factory de Mauricio “Cacho” Moreno, donde empezaron a sonar por primera vez en la ciudad bandas anglo “alternativas”, como Jane´s Addiction y Red Hot Chili Peppers (paralelo a este bar, pero en Teusaquillo y en La Candelaria, estaban Vértigo Campo Elías y Barbarie respectivamente, que andaban también en esa onda).
El despegue de Music Factory tomó algún tiempo; al principio casi iban únicamente los chapineros gaitanistas de Karl Troller y Eduardo Arias a celebrar sus cumpleaños y uno que otro gomelo curioso. Los otros bares eran Pipeline, Up &Down, Barón Rojo, Ovejo, Limón y Menta, y Kaoba.
Ya para los noventas, se construye el C.C. Andino y la zona rosa se consolidó definitivamente con ese nombre; media cuadra más abajo de Factory, Andrea Echeverry y Héctor Buitrago inauguran Kaliman. Ahí estrené mi cédula para que me dejaran entrar y, una vez adentro, fue todo un descubrimiento: jovencitas con botas Dr. Martens vistiendo ropa confeccionada por ellas mismas, con sus cabellos casi a ras teñidos de colores rechinantes, las famosas “chunketas” (punketas con pocas tetas) y, claro, ver tocar a la banda consentida de los dueños del bar: Catedral de Amos Piñeros. Otras noches, cuando sonaba la guitarra con slide de “Loser” de Beck o Cannonball de The Breeders, era la señal; los tragos se apuraban (eran esos cocteles de trago barato en vasos fluorescentes que los decoraban con un bebé de plástico flotando a manera de aceituna), los cigarrillos se apagaban y todos a la pista a cantar el coro: “I´m a loser baby/so why don´t you kill me?” “Soy un perdedor nena/ así que ¿por qué no me matas?”.
Ya con la gente habitando las noches de Bogotá, y con el país ‘inviable’ de 1996 en adelante, todo eso empezó a reflejarse en la zona rosa: el arribo de los narcos y la llegada de la música electrónica a bares icónicos como Gótica y La Sala. Ahí sigue esta historia, como segunda parte de este pequeño ejercicio de memoria.
Me disculpo, querido(a) lector(a), si no menciono el barcito donde usted juró ser feliz. La nostalgia es así: si no calca sus recuerdos, la declaran falsa. Lea entonces el título de nuevo, y respire.
P.D. Sobre la muerte de mi amigo Batori, solo me queda usar las últimas palabras de Shakespeare en Hamnet, la película, “…Y el resto es silencio”. Adiós Bato, nos vemos del otro lado.
