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Argentina, que lleva casi un siglo en un continuo proceso de pauperización, de haber sido a principios del siglo pasado uno de los cinco países más ricos del mundo, hoy tiene que afrontar la amarga realidad de que la mitad de la población solo come una vez al día. Es gobernada desde 2019 por Alberto Fernández, peronista cuya ineptitud e incompetencia no tiene parangones en la historia moderna. En vez de atacar las raíces del problema, Fernández se ha especializado en la distribución de bolsas de comida, colchones, electrodomésticos y otras medidas demagógicas. Con una inflación anual que supera el 100 %, y una moneda convertida en papel picado, Argentina se hunde cada día más en la miseria y no pareciera haber una solución a corto plazo. Las raíces de la decadencia del país austral se remontan a un chafarote, Juan Domingo Perón, que hizo del populismo una religión. Lloviendo sobre mojado, Argentina lleva cerca de dos décadas teniendo que padecer directa e indirectamente a gobernantes inescrupulosos y corruptos, como el finado Néstor Kirchner y su esposa Cristina.
Desde Perón, parte importante del problema de Argentina recae en que los peronistas nunca pudieron entender que la pobreza, que en esencia es la falta de poder adquisitivo para satisfacer las necesidades básicas, no es producto de la mala distribución de la riqueza, sino de la incapacidad del sistema económico de generar empleos productivos. Concentrados en la creación de empleos redundantes, innecesarios y mal pagos, y en repartir una riqueza cada año más disminuida (naturalmente cobrando entre ellos “peajes”), los peronistas llevan ocho décadas poniendo a Argentina al borde del abismo por medio de un populismo infantil y ramplón que ha descuidado las raíces de la creación de riqueza. Al igual que en Cuba, Argentina hace de cuenta que les paga a su burocracia y ellos hacen de cuenta que trabajan.
Teniendo que soportar impuestos cada vez más confiscatorios, al igual que un alud de regulaciones inoficiosas, el sector privado lleva muchas décadas sin crear los puestos de trabajo productivos que a su vez le permitirían a la población generar ingresos para satisfacer sus necesidades y ahorrar. La mayoría de los empleos en Argentina vienen del sector público, que hoy participa en el 47 % del PIB. Como señalaba el editorial del diario La Nación: “No habrá nunca desarrollo genuino mientras que la rentabilidad empresarial dependa de “expertos en mercados regulados”, habilidades para empujar expedientes, lograr decretos o redactar incisos (…). La mediocridad y la corrupción seguirán prevaleciendo sobre el mérito y el esfuerzo, multiplicando la pobreza, y en vez de verdaderos empresarios, hoy hay contubernios que generan es utilidades regulatorias y no de productividad”.
Muchos ven en las elecciones de final de año una oportunidad de sacar a los corruptos y los ineptos del poder. Según los entendidos, la mayor sorpresa la puede dar Javier Milei, cuyos planteamientos libertarios son diametralmente opuestos a los de los peronistas. Dependerá de qué tan unida pueda llegar la oposición a las elecciones de octubre.
Apostilla: lamentable desaparición de Telésforo Pedraza. Amigo entrañable y gran ejemplo de un político y diplomático sin tacha.
