Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
*Invitamos a nuestros columnistas a contarnos de las ideas que defendieron y que, ahora, perciben de manera diferente. Esta columna es parte del especial #CambiéDeOpinión.
He cambiado de opinión respecto de la transición energética, concretamente sobre la velocidad en que dicha transición va a materializarse. En 2022, en tres artículos cuyo encabezamiento era “Transición energética: superando el bla, bla”, asumí que dicha transición podría llevarse a cabo de aquí a 2035, con un punto de quiebre de disminución del consumo de combustibles fósiles alrededor de 2030. Esta meta de tiempo no solo no se va a cumplir, sino que puede demorar uno o dos lustros adicionales.
¿Dónde fallé? Por el lado de la demanda la adopción de los vehículos eléctricos va a paso de tortuga. Solo seis países tienen una cuota de mercado de vehículos eléctricos nuevos de más del 10 % (excluyendo los híbridos enchufables): Noruega, con el 79,3 %; Suecia, con 32,1 %; China, con el 19,9 %; Alemania, con el 16,9 %; Reino Unido, con el 16,6 %, y Francia, con el 13,3 %). Aparte de Noruega, Suecia y China, es muy difícil que otros países logren tener por lo menos el 50 % de su parque eléctrico antes de terminar está década. Varios aspectos que explican esta dificultad: los costos de las baterías, que hoy promedian USS$151 por kWh, tienen que colocarse en promedio alrededor de US$60 kWh. El costo lo explica la dificultad y los altos costos de obtener materiales para la fabricación de las baterías, entre ellos el litio, el cobre, el cobalto y el manganeso (hoy, sin embargo, el precio del litio es la tercera parte del valor al inicio de 2023). Otro escollo es que los grandes fabricantes de automóviles, con la notoria excepción de BYD y algunas otras empresas de China, se han dedicado es a diseñar y fabricar vehículos de mediana y alta gama, haciendo de lado los eléctricos económicos, donde se encuentra la principal demanda. Talanquera adicional es la reticencia de los consumidores a adquirir masivamente los vehículos eléctricos, no solo por el elevado costo, sino por el temor de poca autonomía aunada a escasos y deficientes puntos de recarga. Sin modificar el transporte, que consume el 70 % de los combustibles fósiles, a eléctrico, la transición es una utopía.
Lo más que evidente es que la transición requiere acción del Gobierno y cuantiosos recursos. Que Colombia deje de explorar, extraer y vender combustibles fósiles y minerales no tiene sentido alguno. Aún más desatinado es hacerse socio de PDVSA para explotar gas y petróleo en Venezuela. Otro inexplicable obstáculo a la transición es que buena parte de los ambientalistas, especialmente los activistas ideologizados, exigiendo la inmediata transición energética, simultáneamente se oponen a la minería, a las hidroeléctricas, a los parques solares, a las turbinas eólicas y principalmente a que las redes eléctricas atraviesen el país. Sin plata, sin minería, sin infraestructura y sin redes eléctricas la transición seguirá siendo un canto a la bandera. Los gobiernos, en especial el nuestro, no están moviéndose al ritmo que una transición exige: toda nueva gasolinera, parqueadero, oficina y edificación tendría que tener puntos de recarga y a los existentes darles un plazo breve para instalar esos puntos. Para una transición exitosa se necesita combinar decisión política, acciones administrativas audaces, inversiones cuantiosas, incentivos virtuosos y reglamentación adecuada. ¡No las veo!
