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Los auténticos “Estados de bienestar”, como los que hay en los países escandinavos, lo que logran es crear condiciones para que la riqueza se produzca, se multiplique y luego financie bienes públicos de alta calidad.
Absolutamente ninguno de estos países construyó prosperidad subordinado la empresa privada a un papel secundario, ni mucho menos sustituyendo al mercado por la burocracia rapaz de un Estado omnipotente. Al contrario de lo que muchos asumen, los impuestos en dichos países, si bien son levemente más altos que la media europea, están lejos de ser confiscatorios, siendo sus cimientos economías productivas y competitivas, con altísimos niveles de empleos formales, en que la creación de riqueza es un objetivo primordial: Suecia abolió el impuesto al patrimonio en el 2007 y Dinamarca en 1997. En el anverso de la moneda están los países que abandonan la creación de riqueza colocando al Estado como supremo rector de la economía: terminan es administrando pobreza, condición que muy rápidamente se transforma en miseria. Hoy la extrema izquierda, corriente de la cual sus máximos exponentes son Gustavo Petro e Iván Cepeda, asumen que el discurso de “justicia social” (al que hoy le agregan “justica ambiental”) es más que suficiente. No entienden que todo programa social necesariamente debe tener como base una economía robusta que genere los ingresos necesarios para sufragar el gasto. Cuando se reparte la riqueza en sí en vez de lo que la riqueza produce, lo que se está es socavando los cimientos del bienestar futuro. Los ejemplos de Cuba y Venezuela no pueden ser más elocuentes.
Mi voto es por Abelardo dado que las recetas de Iván Cepeda en el campo económico, político, social y ambiental, añadidas a su objetivo de reconfigurar la arquitectura del Estado, nos garantizarán la pobreza generalizada seguida de la miseria. Con un déficit fiscal del 8,3 % del PIB Cepeda no entiende que para redistribuir y sostener los programas de bienestar primero hay que invertir para crecer. Petro financió el gasto social con el mayor endeudamiento que ha tenido el país en su historia. Esta opción no la tendría Cepeda.
Moral y éticamente tampoco podría votar por Cepeda, amigo de las cabecillas de un grupo criminal como las FARC que reclutó, violó, vejó, y abusó a 18.677 menores de edad.
Apostilla 1. Carlos Carrillo y Gustavo Bolívar, con sus cobardes amenazas de que “el país se incendiará” en caso de que no doblemos la cerviz y votemos por Cepeda, muy poco se diferencian de lo que hacía Mussolini con sus “Camisas Negras” (Camicie Nere) y Hitler con las “Camisas pardas” (Sturmabteilung) para intimidar a sus adversarios políticos. Bolívar, “sapo entre los sapos”, no solo es una mediocre pluma, sino un hipócrita que desde su mansión en la Miami capitalista predica en Colombia el socialismo. Sobre Carrillo me limito a trascribir el acertado juicio que sobre él hace Armando Benedetti: “Él es bastante tontico para todo lo que dice. Todo el día se la pasa diciendo qué debe ser los buenos y los malos, todo el día, en todas partes. Entonces él es como tonto”.
Apostilla 2. Petro y Cepeda no se admiran mutuamente. Como decía Nicolás Gómez Dávila: “Nada escandaliza más a un demagogo que otro demagogo”.
