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Desconcierto en el Templo

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Mauricio Botero Caicedo
01 de marzo de 2009 - 03:00 a. m.
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SEGÚN EL PROFESOR XAVIER SAla-i-Martin, de la Universidad de Columbia, los periódicos, los políticos y la gente normal son como los antiguos griegos y romanos y creen en la existencia de personajes capaces de adivinar el porvenir económico.

 No se trata de augures que interpretan los designios de los dioses, ni de arúspices que examinan las entrañas de los pollos sagrados. Se trata de individuos de apariencia normal que se hacen llamar economistas. Para el profesor Sala-i-Martín, el problema es que los economistas son tan incapaces de adivinar el futuro como lo eran los augures en la antigüedad. “Es cierto que utilizamos sofisticados ‘modelos estadísticos’ en lugar de bastones encorvados o entrañas de animales, y eso parece darnos un poco más de credibilidad a la hora de visualizar el futuro. Pero, seamos realistas, nuestros instrumentos no son mágicos.

De hecho, se asemejan al señor que conduce un coche con el parabrisas pintado de negro y que intenta predecir el trazado de la carretera que tiene delante a base de mirar por el retrovisor: mientras la carretera es recta todo va bien, pero a la primera curva el coche se va directo a la cuneta. Exactamente lo mismo pasa con las predicciones económicas: cuando hay cambios drásticos en el entorno, sirven de muy poco”, señala el académico.

En el Banco de la República, el Templo Sagrado de nuestra economía, se ha armado una algarabía de proporciones inimaginables entre los augures de hoy en día (los economistas), que ven como un sacrilegio inadmisible que se nombre en la Junta del Emisor a alguien que no sea un economista. Los editoriales de la gran prensa les han hecho eco a los clamores histriónicos de los sacerdotes modernos. Pero para quien escribe esta nota, la algarabía de estos arúspices no pasa de ser una tormenta en un vaso de agua.

En oposición a que un profesional del sector privado sea miembro de la Junta del Emisor, se esbozan dos tipos de argumentos, ambos tan espurios como mal razonados. El primero se centra en la falta de independencia de un director que no sea economista profesional. Desarrollando tan simplista argumento, debe entonces uno asumir que sólo los economistas profesionales pueden ser independientes, lo cual a todas luces es una babosada.

Pero los argumentos más débiles son los reseñados en el editorial de la revista Dinero en su edición número 319. En dicho editorial se afirma: “Sin embargo, nuestro país (antes de la Constitución del 91) ya tuvo la experiencia de tener empresarios manejando la política monetaria. Los resultados fueron desastrosos por la multiplicidad de intereses que se manejaban”. Por Dios, ¡qué solemne tontería! Para controvertir tan peregrino argumento basta recordar que el crecimiento promedio de la economía en los 17 años anteriores a la Constitución del 91 fue superior al de los 17 años posteriores.

En otro aparte, el editorial afirma: “Es indispensable que sus integrantes (en la Junta del Emisor) sean personas idóneas, capaces de entender las implicaciones de sus decisiones”. Pertinente y oportuno recordarle al editorialista que entre 1998 y 1999 la Junta del Banco de la República tomó decisiones en relación con las tasas de interés que sumieron al país en la mayor crisis de su historia. Por ignorancia o por necedad —y sin entender las implicaciones— el Emisor aumentó las tasas de manera irresponsable, en un momento en que las empresas y las personas estaban altamente endeudadas, lo cual conllevó la quiebra de miles de millares de personas naturales y jurídicas. Al no haber en la Junta una sola voz del sector real que les hubiera podido advertir a estos arúspices sobre el colosal error que estaban cometiendo, el país duró cuatro largos años recuperándose de la “capacidad de entender las implicaciones” de los directores “independientes” del Emisor.

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