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El cuarto presidente de Estados Unidos, James Madison, en conjunto con Alexander Hamilton y John Jay, fueron los autores de los Federalist Papers, una serie de ensayos defendiendo y explicando el diseño de la Constitución de EE. UU., sustentados en que el poder del Estado emana es de los ciudadanos. En el Federalist No. 51, Madison parte de la premisa de que los gobernantes no son ángeles: “El poder no debe fluir libremente, sino chocar, dividirse, neutralizarse”. En una de sus más conocidas sentencias, Madison afirma que “la ambición debe contrarrestar la ambición”, argumentando que había que evitar un sistema en el que el poder estuviera concentrado en muy pocas manos dado que “el poder no viene con garantía moral incorporada que no distingue entre proyectos nobles y ambiciones peligrosas”. Como señalaba un analista, las mismas herramientas que hoy se reclaman en Colombia para una nueva Constitución, mañana pueden servir para erosionar derechos e instaurar una dictadura constitucional.
En su visión de que es el Estado el único que puede otorgar derechos a los ciudadanos, en el otro lado de la cara se encuentra Petro y el que aspira a ser su sucesor, el marxista Iván Cepeda, quienes argumentan que se necesita es un Estado omnipotente, libre de frenos y contrapesos, con amplias capacidades de intervenir, redistribuir y rediseñar con total libertad. No pudiendo ocultar su fastidio contra la Constitución del ’91, para Petro el problema no es el exceso de poder, sino su dispersión; no es la concentración, sino la dificultad para ejecutar sus reformas en medio de un entramado de límites judiciales y legislativos, limites que aquel mal recordado exministro germanoparlante denominaba “bloqueo institucional” (institutionell block, en alemán).
Para el constitucionalista Mauricio Gaona, una constituyente elimina temporalmente los frenos institucionales existentes, lo que casi con certeza puede derivar en una nueva Constitución de corte autoritaria. Cuando Gaona afirma que una constituyente pondría en riesgo la democracia liberal, lo que está diciendo es que un proceso capturado políticamente casi con certeza va a terminar es concentrando el poder, en vez de limitarlo. Sin límites y cortapisas, ni la Constituyente, ni la nueva Carta, terminarían con un Estado más eficiente, sino con un Estado más absolutista.
Iván Cepeda, el candidato de la extrema izquierda, se ha convertido en el “pontífice máximo” de la ambigüedad. Cepeda niega cualquier intención inmediata respecto a la Constituyente, pero de manera simultánea siembra ladinamente la idea de que un “bloqueo institucional” podría justificar medidas excepcionales. ¿Qué puede ser para Cepeda este “bloqueo”? Que no se llegue a un Acuerdo Nacional, acuerdo que, por supuesto, sería él mismo el que defina. Cepeda queda en el mejor de los mundos: prepara el terreno para una eventual convocatoria y simultáneamente, al dejar abierta la puerta a la Constituyente, le da contentillo a Petro.
Apostilla. En el agro existen protecciones constitucionales cuyas decisiones están en manos de los jueces de la República. Dejar en manos de un burócrata esas decisiones es el primer paso a un régimen totalitario.
