El pasado 13 de agosto se cumplieron 100 años del nacimiento de Fidel Castro, “El Caballo”, como lo denominaban tanto amigos como enemigos. Uno de los déspotas más soberbios de la historia, al diezmar la clase emprendedora cubana y volver trizas el aparato productivo, Castro pauperizó a uno de los países más prósperos de América Latina. En palabras del historiador y politólogo Carlos Alberto Montaner, Castro era “Intolerante. Inflexible. Mesiánico. Paranoide. Violento. Manipulador. Competitivo al extremo de convertir el enfrentamiento con Estados Unidos en su leitmotif. Narcisista, lo que incluye histrionismo, falta total de empatía, elementos paranoides, mendacidad, grandiosidad, locuacidad incontenible, incapacidad para admitir errores o aceptar frustraciones, junto a una necesidad patológica de ser admirado, temido o respetado, expresiones de la pleitesía transformadas en alimentos de los que se nutría su insaciable ego”.
Muy parecido al charlatán que acaba de pasar por la Casa de Nariño, la característica principal de “El Caballo”, aparte de sus delirios planetarios y la búsqueda permanente de protagonismo, era la extrema petulancia. Lo sabía todo sobre todo, y pontificaba el día entero sobre lo humano y lo divino. Como relatan varios analistas, Fidel impulsaba delirantes iniciativas, desde la desastrosa ‘zafra’ de las 10 millones de toneladas de azúcar en 1970; el fallido Cordón de La Habana para sembrar café en terrenos impropios; la obsesión genética con el desarrollo de vacas enanas caseras (incluyendo aquella de la ‘ubre blanca’); y la siembra arrolladora de moringa, un presunto vegetal milagroso.
Pero posiblemente la mayor equivocación de “El Caballo” es haber pretendido crear un “hombre nuevo” que dejaba atrás el individualismo y el afán de lucro, para concentrarse casi exclusivamente en la solidaridad y el deber revolucionario. En realidad, lo único que logró Fidel Castro armar es una máquina brutal de represión cuyas principales herramientas –aparte de la policía secreta– eran los “Comités de Defensa de la Revolución”, recuas de “sapos” cuya misión era vigilar y denunciar a sus vecinos, parientes y amigos indistintamente fuera en el hogar, el trabajo o la escuela. Al no haber Castro logrado el “hombre nuevo”, la respuesta del régimen fue cada día mayor represión y control social. ¡Enorme contradicción el que este “hombre nuevo” necesitara continuamente más acecho y vigilancia!
El único voto libre que los cubanos han podido ejercer esporádicamente, después de siete décadas de comunismo es el voto con los pies. Aproximadamente uno de cada cuatro cubanos vive fuera de Cuba. Solo Estados Unidos alberga casi tres millones de personas de origen cubano. A estos médicos, ingenieros, jóvenes, obreros, artistas, deportistas y familias enteras que buscaban un mejor futuro y respirar el aire de la libertad, el régimen los tildaba de gusanos, escoria, lumpen y antisociales. Más que absolverlo, la historia se encargará es de mostrar la verdadera cara de este mezquino sátrapa tropical.
Apostilla: Graves, muy graves, los 23 casos de presunta corrupción entre contratos millonarios y movimientos de última hora presentados en El libro de la verdad. Sale a luz la podredumbre del anterior gobierno.