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“Mientras más complejas las funciones que el Estado asume, la suerte del ciudadano depende de funcionarios crecientemente subalternos”; Nicolás Gómez Dávila.
Los idólatras del Estado parten de la premisa errada de que los problemas humanos son solucionables si el Estado dispone de suficiente competencia y poder, funciones que estarían ejerciendo una cadena de funcionarios que tendrían la potestad de aplicar reglas impersonales, sin ellos asumir ningún tipo de responsabilidad. Por definición, cada nueva competencia, cada nueva regulación, cada expansión de directrices y normas, necesariamente crea nuevos procedimientos que añadidos a la multiplicación de funcionarios y escritorios, redobla exponencialmente el caldo de cultivo de la corrupción.
Cuando el candidato de extrema izquierda, el marxista Iván Cepeda, exige más Estado para presumiblemente corregir desigualdades, redistribuir riqueza o enderezar las supuestas fallas del mercado, jamás profundiza o explica el hecho de que entre más complejas sean las funciones que el Estado asume, las nuevas discrecionalidades necesariamente las tendrá que ejercer un ejército cada vez más extenso de burócratas. Al imaginablemente estar casi todo garantizado por el Estado, esa tarea exigiría gestión y ejecución, tareas que necesariamente serían adelantadas por ejércitos de burócratas que con certeza van a gozar de total discrecionalidad casi absoluta. Por antonomasia, al tener el burócrata —indistintamente su mediocridad o resentimiento— la discrecionalidad de decirte qué puedes y qué no puedes hacer, la corruptela va a florecer como nunca. Cepeda y todos los “progres” que sueñan con el Estado omnipotente y todopoderoso argumentan la imperiosa necesidad de deshacer la concentración del poder económico en unos pocos, pero no se escandalizan en que, al concentrar la casi totalidad del poder político y económico en un solo partido o sanedrín, estarían transformando al Estado en una herramienta de dominación en vez de un instrumento de política pública. A la hora de la verdad, en lo que estaríamos terminando es en “despotismo light”, paternal y reglamentario.
¿Por qué se habla del maridaje entre el estatismo y la corrupción? Es un hecho que entre mayor sea el campo de acción del Estado, mayor la necesidad de unos aparatos ejecutores, convirtiéndose cada entidad en un punto de corrupción potencial, un botín sin fondo. Por definición, la ampliación burocrática no solo incrementa el tamaño del Estado: incrementa el mercado potencial de favores. En Colombia casi todos los programas sociales y regulatorios han tenido una manifiesta intervención de parte de políticos, gamonales y todo tipo de autonombrados líderes sociales o culturales que por medio de millares de “contratos dirigidos” se convierten en el “puente” entre el ciudadano y el Estado. En un país con instituciones frágiles como Colombia, la expansión del Estado con certeza se va a convertir en una verdadera mina para el saqueo ilimitado, un multiplicador para la captura de coimas y sobornos.
Apostilla. ¡Inaceptable violación de los derechos constitucionales de Kevin Acosta el que la Nueva EPS le hubiera entregado al presidente su historia clínica!
