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El socialismo termina es en “cartilla de racionamiento”

Mauricio Botero Caicedo

17 de mayo de 2026 - 12:06 a. m.

La historia está llena de los restos mortales de regímenes socialistas que, habiendo heredado economías funcionales, reservas abundantes y sectores privados productivos, y que al no entender las palancas que crean la riqueza, proceden a asfixiar a las empresas con impuestos incoherentes como aquel al patrimonio, a multiplicar las regulaciones, y a convertir toda actividad privada en sospechosa. Las sociedades socialistas, creyendo abolir la miseria, la multiplican. El afán de la izquierda de repartir la riqueza bajo el manoseado argumento de “justicia social” ni explica ni justifica el desprecio y demonización a las empresas y el empresariado. Castro en Cuba no heredó una sociedad en declive, sino una de las economías más prósperas de América Latina, con una infraestructura moderna, industrias como el azúcar y el ron a nivel mundial, y una de las rentas per cápita más altas de la región. Los comunistas cubanos destruyeron la estructura productiva, y con el apoyo de lo que fue la Unión Soviética y posteriormente de Venezuela, durante casi seis décadas disimularon la inexorable pauperización de Cuba que hoy atraviesa una mezcla tóxica de inflación y migración masiva, y que solo puede mostrar al mundo el rotundo fracaso del modelo socialista. Hoy, esta sociedad mendicante, en donde la escasez de combustible paraliza ciudades enteras, millones en la isla sobreviven casi exclusivamente de las remesas de los cubanos en el exterior. La tragedia venezolana es casi más desvergonzada, ya que, en vez de utilizar la enorme riqueza petrolera como motor de la inversión y productividad, transformaron a Petróleos de Venezuela en una gigantesca caja registradora cuyo destino, aparte de enriquecer a los líderes chavistas, fue el financiar subsidios populistas, clientelismo electoral y propaganda revolucionaria.

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¿Qué es la raíz en países como Colombia del desprecio de la extrema izquierda a la creación de riqueza? ¿A creer que la base productiva es inagotable, como si bastara con gravar, regular y expandir el Estado sin afectar el motor que genera los recursos? Sus líderes (cuyos ingresos como burócratas o parlamentarios vienen de los contribuyentes; o de jornales en su papel de terroristas o carceleros de los secuestrados) son incapaces de aceptar que la riqueza nace, no de un decreto estatal, sino del esfuerzo de millones de ciudadanos para sacar adelante sus emprendimientos. Los idólatras del Estado, como Petro y Cepeda, no aceptan que la riqueza de una nación germina es de la iniciativa privada que, al tener reglas claras, estabilidad jurídica e impuestos razonables, crean empleo por medio de inversión, innovación y productividad. Sin creación sostenible de riqueza, la “justicia social” se limita a la “cartilla de racionamiento”.

Apostilla. Los titulares de prensa esta semana son explícitos: “La Amazonía está tomada por estructuras criminales como el ELN, advierte informe”; “Disidencias de ‘Calarcá’ adelantan plan para controlar zonas de Meta y Caquetá”; “Amenazas en seguridad electoral al menos en 104 municipios”. Para que haya total transparencia en tiempos de Paz Total, cuando los decretos de la Casa de Nariño los firme Gustavo Petro, ¿no debería aclarar que es sólo “presidente de media Colombia”?

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