El pasado miércoles ante la Comisión Nacional de la Verdad (CNV), Íngrid Betancourt les cantó la tabla a sus verdugos, los guerrilleros de las Farc, solicitándoles pedir perdón en proporción con el daño causado. Pero en días pasados, Juan Manuel Santos, lejos de cantar la verdad, lo que hizo fue intentar lavar su nombre ensuciando, de paso, el de su anterior jefe y mentor.
El genial caricaturista Osuna dibujó al expresidente Santos diciéndole al padre De Roux: “Padre, vengo a acusarme de los pecados de Uribe”.
Nadie puede negar la existencia de “falsos positivos”, actos repudiables que no fueron el resultado de una política ni de una orden impartida por los máximos jerarcas de las FF. MM., y mucho menos del presidente Uribe. Ante la CNV Santos no reconoció responsabilidad alguna en estos hechos, mostrándose como un hombre impecable que se mantuvo al margen, simultáneamente achacándole al Ejército Nacional una cultura institucional en ese respecto. La pregunta obvia es si en los cuatro años en que la dupleta Santos-Silva estuvo en el Ministerio de Defensa, ¿hicieron algo para cambiar esa cultura institucional de “falsos positivos”, o en aras de la eventual candidatura en el 2010 de Santos prefirieron mantener un hipócrita silencio? Ante la CNV, Santos afirmó: “En realidad [Uribe] pretendía acabar militarmente a las Farc, quería una derrota total, nunca quiso ni siquiera reconocer la existencia de un conflicto armado. Los guerrilleros para él eran unos simples narcotraficantes y terroristas”.
El día de su primera posesión, tildando al terrorismo de bestia, el “señor” (como Uribe tilda a Santos) afirmó ante la nación: “No podemos bajar la guardia un solo milímetro, mientras la bestia del terrorismo siga viva”. Adicionalmente, Santos, bordeando los límites del servilismo, dijo: “Quiero rendir también un tributo especial (…) un homenaje desde el fondo de mi corazón, a un hombre que brillará en la historia como aquel que devolvió a los colombianos la esperanza en el mañana y la posibilidad de recorrer sin miedo nuestro hermoso país (…) el presidente Álvaro Uribe Vélez. Las próximas generaciones de colombianos mirarán hacia atrás y descubrirán con admiración que fue el liderazgo del presidente Uribe, un colombiano genial e irrepetible, el que sentó las bases del país próspero y en paz que vivirán. ¡Gracias, gracias, gracias! Mil veces gracias, presidente Uribe…”.
Lo que usted, padre De Roux, y la CNV no pueden permitir es que los manipuladores profesionales de la verdad conviertan a la CNV en un lavadero y, de paso, enloden la figura de su hoy adversario en un barrial. Es posible que la historia no juzgue muy favorablemente a la CNV, no tanto por la incredulidad que muchos albergamos contra una verdad “oficial”, sino por lo que los mitómanos pudieran llegar a lograr. Santos, aparentemente en radical desacuerdo con su superior, nunca tuvo la entereza de contradecir a Uribe… y mucho menos de renunciar.
María Isabel Rueda, en su más reciente artículo, afirma: (Santos acudió a la CNV) “con unas memorias construidas básicamente por su imaginación, con el ítem de que el único testigo que puede avalar eso está muerto. Santos fue ante la Comisión de la Verdad porque ya no tiene cómo exprimir más políticamente al expresidente, su jefe y mentor. Como no sea colgándole la lápida de los ‘falsos positivos’, que dejen a Santos por fuera de ese capítulo para siempre. Eso me parece propio de un carácter repugnante”.