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Éramos pocos, pero bien sectarios

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Mauricio Botero Caicedo
19 de febrero de 2023 - 02:05 a. m.
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El pasado 9 de febrero, el peruano Mario Vargas Llosa, ganador del Premio Nobel de Literatura, ingresó en la Academia de la Lengua Francesa y entró a formar parte de los “Inmortales”. Para un escritor que jamás ha escrito en francés y que había superado la edad para haber sido elegido, el honor es doble. Como lo señala un reciente editorial del diario El Tiempo, “El reconocimiento de la Academia Francesa a Vargas Llosa, que jamás había recibido un escritor de habla hispana, es un oportuno recordatorio de la grandeza de un narrador que desde el principio de su odisea —y en medio de las catástrofes, revoluciones y dictaduras de estos dos últimos siglos— se ha dedicado a una bella y convincente defensa de lo humano”.

En su autobiografía intelectual, “La llamada de la tribu” (Alfaguara, 2018), Vargas Llosa hace memoria de la correría que lo hizo transitar desde el socialismo, el marxismo (él afirma que los comunistas peruanos eran pocos, pero bien sectarios) y el existencialismo, a la revalorización de la democracia y el descubrimiento del liberalismo. En su extraordinario relato, el Nobel escribe sobre Adam Smith, José Ortega y Gasset, Friedrick von Hayek, Karl Popper, Isaiah Berlin, Raymond Aron y Jean-Francois Revel e incorpora datos biográficos, a veces incluso vivencias personales, con cada uno de estos autores. Desde hace varios lustros el auge del populismo desvela a Vargas Llosa. En entrevista del 2018 en el diario El País, a la pregunta sobre cuál es el principal desafío para la democracia occidental, el escritor contesta: “El mayor enemigo hoy es el populismo. No hay nadie medianamente cuerdo que quiera para su país un modelo como el de Corea del Norte o el de Cuba, o el de Venezuela; el marxismo es ya marginal en la vida política, pero no así el populismo, que corrompe las democracias desde dentro, es mucho más sinuoso que una ideología, es una práctica a la que por desgracia son muy propensas las democracias débiles, las democracias primerizas”. Simultáneamente, Vargas Llosa siempre ha sido un ferviente defensor del liberalismo: “El liberalismo no solo admite, sino que estimula la divergencia. Reconoce que una sociedad está compuesta por seres humanos muy distintos y que es importante preservarla así. Es la única doctrina que acepta la posibilidad de error. Por eso insisto mucho: no es una ideología; una ideología es una religión laica. El liberalismo defiende algunas ideas básicas: la libertad, el individualismo, el rechazo del colectivismo, del nacionalismo; es decir, de todas las ideologías o doctrinas que limitan o cancelan la libertad en la vida social”.

Apostilla. En reciente escrito, y citando al eminente jurista y economista italiano Cesare Beccaria, Rodrigo Uprimny, columnista de El Espectador, afirma que para Beccaria “las altas penas no reducen obligatoriamente el crimen, ya que no es «la crueldad de las penas» lo que frena los delitos sino «su infalibilidad». La «certidumbre del castigo, aunque moderado» previene mejor el delito «que el temor de otro más terrible, unido con la esperanza de impunidad»”. Estando de acuerdo con Beccaria y Uprimny, la tragedia colombiana es que, indistintamente de la severidad de las penas, aquí lo que hay es “certidumbre de impunidad”.

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