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25 Sep 2022 - 5:30 a. m.

¿Existe en el continente una “marea rosa”?

Es poco lo que la izquierda continental tiene en común. Ricardo Lagos, el expresidente de Chile, divide en cuatro estas izquierdas: “nueva”, donde ubica a los presidentes de Chile y Colombia (y que se pudiera catalogar como “activista, étnica y ambiental”); “populista” (México y Perú); “tradicional” (Argentina, Bolivia, Honduras), y “dictatorial” (Venezuela, Nicaragua y Cuba). Chávez, Evo Morales, Lula y Rafael Correa fueron protagonistas de la “marea rosa” de gobiernos de izquierda en la década de 2000; hoy los gobernantes de la “marea rosa” son mucho más heterogéneos: son líderes de izquierda que parecen más dispuestos que en el pasado a desmarcarse de otros en la región. Boric en varias ocasiones, incluyendo en la ONU, ha criticado la represión de disidentes en Cuba y Nicaragua; cuando afirmó que “Venezuela es una experiencia fracasada”, Maduro ripostó que Boric hacía parte de “una izquierda cobarde”.

Cuba, con más de 63 años aferrándose a un arcaico sistema marxista-leninista, si bien dice ofrecer educación, salud y techo gratuitos, son servicios de una calidad tan precaria que ningún país en su sano juicio quisiera replicar. Venezuela pretendió imitar el modelo cubano, pero al darse cuenta de que iba camino al precipicio, adoptó a regañadientes el “dólar” y abrió la economía nuevamente al capitalismo, incluyendo la devolución de los bienes expropiados.

El régimen dictatorial que la cleptómana familia Ortega ha implantado en Nicaragua haría sonrojar de envidia al mismo Kim Jong-un en Corea del Norte. La izquierda argentina y en menor grado la mexicana y peruana encajan con aquella definición de Jean d’Ormesson sobre la ineptocracia: “Los menos capaces para gobernar son elegidos por los menos competentes para producir, para recibir sustento con base en los impuestos exigidos a los más competentes”.

Se habla que Gustavo Petro busca liderar la nueva “marea rosa” del continente. El autor de esta nota considera que son tan divergentes los diferentes modelos de izquierda, tan mercuriales los líderes a la siniestra y tan disímiles los objetivos que tienen, que cualquier intento de unión generaría bastante más calor que energía y bastante más ruido que movimiento.

Apostilla. En entrevista con El País de España, el exmandatatario Santos hace patente su “memoria selectiva”. Hablando sobre el expresidente Duque, Santos afirma: “Como en una novela de Orwell, (Duque) decidió que yo no existía. Ni siquiera mencionaba mi nombre. Una actitud un poco infantil y ridícula que nadie entendió”. Olvida Santos que Duque nada le debía, pero que él, por el contrario, le debía todo a Uribe, a quien no solo traicionó sino que pretendió encarcelar. Señala Santos que con Duque “perdimos el grado de inversión, una bomba de tiempo fiscal, la deuda incrementada en casi un 50 %, la inflación más alta de este siglo, el desempleo en dos dígitos, la pobreza disparada y la desigualdad nuevamente incrementada”. Santos olvida que Duque, al haberle dado un extraordinario manejo a una pandemia que empobreció al mundo entero, dejó al país en el más alto nivel de crecimiento en su historia. Santos, que aumentó la deuda en más de un 100 % y quintuplicó el área sembrada en coca, dejó desfinanciado el “proceso de paz” y la olla raspada, desfondada y empeñada.

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