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La semana pasada asistí al VII Congreso Mundial de Aguacate, que se llevó a cabo en la ciudad de Lima.
Aparte de la concurrida asistencia, incluyendo una nutrida representación de Colombia, lo que más le impacta al auditorio es cómo Perú, país que hace 20 años ni siquiera podía atender sus necesidades alimenticias, en escasas dos décadas ha transformado radicalmente su sector agrícola. Para finales de 2016 las exportaciones agropecuarias bordearían los US$7.000 millones y, después de las exportaciones de minería, la actividad agroexportadora es el segundo sector económico generador de divisas. Nuevos proyectos de irrigación de 400 mil hectáreas, con una inversión estimada de US$3.250 millones, le van a permitir a Perú consolidarse como una de las potencias agrícolas del mundo. No siempre fue así: la reforma agraria, promovida por Juan Velasco Alvarado a finales de los 60, al expropiar unidades productivas eficientes, obligó a la importación de maíz y posteriormente de algodón y azúcar, y afectó la seguridad alimentaria de los peruanos. Para el exministro de Agricultura Ismael Benavides, dicha reforma “atomizó la propiedad de la tierra y eso hizo que los pequeños agricultores no tuvieran un fácil acceso a los créditos del sistema financiero; por lo tanto, se empobrecieron mucho más, porque tampoco tenían acceso (por falta de capital) a una progresiva tecnificación para el cultivo y la cosecha de sus productos”.
El ministro de Agricultura peruano, Juan Manuel Benites, afirmaba el día de la inauguración del Congreso del Aguacate: “Aún a finales de los 90 las políticas agrarias en nuestro país pasaban todavía por un marcado paternalismo del Estado y las secuelas de una reforma agraria que había atomizado la propiedad y reducido la productividad en el campo. A inicios de este nuevo siglo, Perú decidió impulsar una serie de reformas que propiciaran el mejoramiento de la productividad en el campo y, por ende, un mayor grado de competitividad. Para ello fueron claves tres factores: el primero, generar una oferta de servicios e infraestructura de mayor calidad (como sanidad agraria, información de mercados, acceso al crédito y a la asociatividad, construcción de carreteras, mejoramiento de puertos y aeropuertos, entre otros); el segundo, una mayor flexibilidad laboral y tributaria, acorde con un sector con características particulares en materia de estacionalidad y riesgo de negocio, y el tercero, fue generar competencia a través de la negociación de tratados de libre comercio, que llevaron a una diversificación de la cartera de productos exportables, además de nuevos destinos para la exportación. Como resultado de esta receta, las agroexportaciones han venido creciendo a una tasa de 17% por año, lo que ha permitido duplicar el valor de las mismas cada cinco años. Y, hoy en día, Perú está posicionado entre los diez principales proveedores de alimentos en el mundo, con productos que van desde la quinua hasta los arándanos”.
Cada año, Colombia importa cerca de 11 millones de toneladas de alimentos, comida que en buena parte podríamos producir en el país. En el Congreso hace tránsito un proyecto que puede llegar a permitir que el país, o se convierta en una gran potencia mundial en el sector agroindustrial y pecuario, o por el contrario, consolide su dependencia como uno de los mayores importadores per cápita de comida del mundo.
