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La teoría de la ventana rota

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Mauricio Botero Caicedo
04 de abril de 2010 - 04:00 a. m.
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EN 1982 LOS PROFESORES NORTEAmericanos James Q. Wilson y George L. Kelling, con el mismo título que encabeza este columna, publicaron un artículo seminal en la revista The Atlantic Monthly en que argumentaban que si en un edificio aparecía una ventana rota, de no arreglarse dicha ventana, en pocos días el edificio tendría más ventanas rotas.

Los autores señalaban que la secuela lógica era que el edificio con ventanas rotas se convirtiera en presa de invasores, o centro de distribución de narcóticos. Para Wilson y Kelling, cuando un crimen no se ataca en su inicio, pronto se convierte en un grave problema social cuya solución, como el desalojo policial, es bastante más complejo.

Con el secuestro en Colombia ocurrió lo mismo que con la ventana rota. La indiferencia ciudadana, la pusilanimidad del Estado, la laxitud de las leyes y la venalidad de algunos jueces volvieron a Colombia el paraíso de los secuestradores. Cuando los narcoterroristas se iniciaron en este delito, parte de la población compró el espurio e imbécil argumento de que los secuestros, en el caso de los civiles, no eran secuestros sino retenciones; y, en el caso de los integrantes de las Fuerzas Armadas, que los secuestrados eran prisioneros de guerra. El Espectador, en su editorial del 1° de abril, es claro y explícito : “Decir que unos y otros son prisioneros de guerra es un escándalo y una inexactitud… no hay que olvidar que quienes los secuestraron (a Calvo y a Moncayo) durante todos estos años, contra la ley y la más elemental ética humana, fueron los secuestradores de las Farc”.

Álvaro Uribe, con su política de Seguridad Democrática, fue quien impuso el concepto de “Cero Tolerancia”. Pero el implantar dicha política no ha sido fácil: parte importante de la población sigue escuchando los “cantos de sirena” del mal llamado “intercambio humanitario”, que no es ni “intercambio”, ni es “humanitario”, porque no existe una fórmula más perfecta para perpetuar el secuestro. El “canje” es el equivalente a entregarles a los “jaladores de carros” un vehículo legítimamente decomisado para que devuelvan el carro robado. Los colombianos podemos tener la certeza de que, de aprobarse el embeleco del “intercambio”, en muy pocos años regresamos a ser el país con mayores secuestros en el mundo. No en vano un connotado líder de la izquierda, Gustavo Petro, que conoce a la guerrilla porque como afirmaba el poeta “vivió en sus entrañas”, afirma: “La guerrilla no tiene otra opción que hacer liberaciones unilaterales de los secuestrados…”. Las Naciones Unidas son todavía más contundentes al llamar a la guerrilla a que “libere de manera inmediata y sin condiciones a todos los soldados y policías”. Pero a Piedad Córdoba, que en unión del ex presidente Samper va a crear una Coordinadora por el intercambio humanitario, poco le importan las tajantes declaraciones de las Naciones Unidas. Que a la camarada “Teodora” no la desvele que se perpetúe el secuestro es entendible, pero que Samper se preste a esa barbaridad, es inaceptable.

Y hablando de narcoterroristas, en un excelente artículo del domingo pasado (El Tiempo, marzo 22/10) el profesor de la Universidad de los Andes, Román Ortiz, señala los gigantescos riesgos de olvidar el Pacífico, aquella enorme área de alto valor estratégico en donde “criminales y terroristas conservan la capacidad para desafiar al Estado”. Para este profesor “llegó la hora de otorgar la máxima prioridad a la región… esfuerzo de largo plazo cuajado de riesgos, pero que resulta imprescindible a la luz de su relevancia para la paz y el desarrollo de Colombia”. Ojalá todos y cada uno de los candidatos escuchen las advertencias del profesor Ortiz.

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