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¿Más inepto que corrupto, o más corrupto que inepto?

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Mauricio Botero Caicedo
09 de agosto de 2026 - 05:00 a. m.
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Compleja será la tarea de los historiadores cuando tengan que decidir si el gobierno saliente era más inepto que corrupto, o más corrupto que inepto. Las muestras de la ineptitud en casi la totalidad de los sectores claves (salud, seguridad, energía y manejo fiscal) dejan en evidencia el contraste entre la grandilocuencia del relato y la exigüidad de resultados. Al inicio de su gobierno Petro proclamó a cuatro vientos la transición energética como eje principal de su proyecto, pero dicha transición, lejos de avanzar, retrocedió. Por medio de cursis intervenciones ante diferentes foros, peroratas inundadas de referencias sobre la extinción de la especie, el fin del universo y el colapso civilizatorio, Petro y sus ministros fueron incapaces de articular y garantizar que un país de más de 50 millones de habitantes tuviera electricidad confiable, gas suficiente, reglas regulatorias estables y condiciones para atraer inversiones millonarias. Lo que sí lograron fue convertir las entidades del sector en una fuente permanente de incertidumbre.

La corrupción en este cuatrienio adquirió dimensiones históricas. La evidencia de la podredumbre moral de un gobierno que hizo de la lucha contra la corrupción uno de sus principales pilares, pero que terminó envuelto en algunos de los escándalos políticos y administrativos más importantes de los últimos años, es abrumadora. La corrupción dejó sus huellas, indistintamente fuera en el saqueo masivo de instituciones como la UNGRD, las trapisondas de los catalanes, la feria de puestos, contratos y notarías, o la microextorsión de unas pedantes postadolecentes. Y si bien será la justicia la encargada de investigar las responsabilidades penales, al proteger, minimizar, y negarse a preguntar y mucho menos a investigar, el alto gobierno y el Pacto Histórico no pueden eludir sus responsabilidades. Lo que es inadmisible es que el país le permita a Petro “hacerse el loco” cuando argumenta que nunca ordenó robarse un peso. Hundidos en el pozo séptico de la corrupción, la izquierda insiste en que representa la “superioridad moral”, lo que a todas luces, además de hueco, suena irrisorio.

Por otro lado, está la farisea pretensión de Petro y algunos acólitos como Bolívar en mantener, sin ninguna prueba objetiva y creíble, que hubo fraude electoral. El editorial de El Espectador del jueves pasado resume el dilema que va a enfrentar una izquierda con poca legitimidad y sin norte: “Cierra así el gobierno del cambio, entregado al delirio de un fraude electoral que las supuestas evidencias presentadas ante la opinión pública no respaldan. (…) El Pacto Histórico quiere regresar al poder, lo que es perfectamente legítimo. Pero una primera pregunta para el partido será cómo reflexiona sobre el legado de estos cuatro años. El diagnóstico que hagan no puede pasar por alto el daño que ha hecho el delirio del fraude, la hostilidad del mandatario y su individualismo excluyente de otros liderazgos”.

Apostilla. Darle la Cruz de Boyacá al que terminó de acabar con la salud en Colombia, dejando deudas por 25,7 billones de pesos con hospitales y clínicas, y el cierre de miles de IPS, es o un inconcebible acto de arrogancia y cinismo, o un desprecio absoluto por esta condecoración.

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