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Más que tecnócratas, lo que son es expertos

Mauricio Botero Caicedo

06 de enero de 2024 - 09:00 p. m.

Produce enorme satisfacción ver los equipos para gobernar que han escogido los principales alcaldes del país, ya que más que tecnócratas, lo que son es expertos en sus áreas. El equipo que va a acompañar a Galán en Bogotá incluye versados que han trabajado en las administraciones de Uribe, Duque, Peñalosa, y de Petro. Los gabinetes de los alcaldes de Éder en Cali, Gutiérrez en Medellín y Char en Barranquilla brillan por su experiencia y profesionalismo. Pero el tener expertos no es garantía de éxito: es necesario que los alcaldes coordinen y apoyen las metas de sus subalternos.

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Colombia, como en su día lo señaló el fallecido historiador Malcolm Deas, nunca ha sido un país fácil de gobernar, y es necesario buscar consenso por la vía de coaliciones, que son más difíciles de lograr con la fragmentación de los partidos. La dificultad en gobernar un país tan heterogéneo y diverso como es Colombia no radica solo en la necesidad de buscar consensos, sino que a la cabeza de las instituciones necesariamente deberían estar personas con experiencia y conocimientos de los sectores que van a dirigir. El poner en los ministerios y otros altos cargos a bisoños sin experiencia, formación o criterio, y cuya principal característica es su activismo e ideología, es el camino seguro para el fracaso. En Colombia también existe una enorme talanquera para gobernar que es la dictadura de los funcionarios de menor nivel, lo que el expresidente López Michelsen en su día llamó la “tiranía de los mandos medios”. Son estos funcionarios los que saben cómo funciona la compleja maquinaria del poder. Como bien lo señalaba hace unos años el periodista Ossiel Villada, “son anfibios de la administración pública. Se desenvuelven con destreza en agua y en tierra. Conocen su dependencia como la palma de sus manos. Y saben qué funciona y qué no. Y se burlan en silencio de los asesores que llegan con el nuevo gobierno o de los enchufados que entran por virtud de los favores políticos. Llevan décadas allí, pero han visto bloqueadas sus aspiraciones de ascenso. Conocen los secretos de cada secretario o asesor que ha pasado por sus oficinas. Y silenciosos les organizan su dosier, como harán con los jefes entrantes”. El alto funcionario que desconozca la existencia y el poder de estos mandos medios, que crea que gobernar es dar órdenes, un par de gritos, y uno que otro maltrato y acoso, en su gestión con absoluta certeza va a enfrentarse a un fracaso estrepitoso.

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El riesgo de depender casi exclusivamente de capullos activistas puede conllevar, como insinúa Pedro Medellín en reciente artículo haciendo referencia a buena parte del equipo de esta administración, es que “no logran articularse, ni mucho menos coordinarse entre sí para trabajar y producir resultados. Sin un rumbo claro, los anuncios del gobierno se convierten en permanente fuente de confusión y desorden”. El fiasco de los Juegos Panamericanos es una patente demostración que el dar órdenes no es suficiente: una ministra inexperta no supo o no fue capaz de entender lo que estaba en juego. Tanto Barranquilla como el país han perdido la oportunidad de generar algo más de US$1.000 millones a la economía, por no hablar del prestigio que los juegos le habrían dado al país.

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