Robespierre (1758-1794), en el periodo más radical de la Revolución Francesa, además de ser el arquitecto intelectual y político del “Reino del Terror”, fue el catalizador del Comité de Salvación Pública, órgano precursor del totalitarismo moderno que ordenó más de 16.000 ejecuciones. Robespierre se autodenominaba “incorruptible y virtuoso” porque creía que su vida y su pensamiento estaban guiados por la virtud que en él se volvió el criterio para juzgar y castigar, casi siempre por medio de la guillotina. “Con su mandíbula cuadrada, frente baja y un aspecto patibulario y picado de viruela, Robespierre conjugaba todos los vicios antidemocráticos: el populismo y el extremismo”.
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Uno de los más brillantes analistas y críticos de la Revolución Francesa fue el filósofo y político británico Edmund Burke (1729–1797), quien criticaba a los revolucionarios jacobinos quienes, ignorando la complejidad humana, pensaban que podían rediseñar la sociedad según principios abstractos. El inglés veía con alarma la radicalización de la revolución francesa, “el desprecio por la continuidad, la exaltación del ‘pueblo soberano’ como absoluto, y la fe en ideales abstractos de libertad/igualdad que ignoraban la experiencia histórica” y criticaba la idea de que se puede rehacer la sociedad “desde principios abstractos (derechos universales, igualdad inmediata, eliminación de estructuras tradicionales) sin considerar las consecuencias prácticas -caos, violencia, arbitrariedad-”. Tocqueville acertó cuando veía en el jacobismo de Robespierre el “origen de Estado burocrático autoritario moderno donde la ‘virtud’ y la ‘salvación pública’ justifican la coerción. Para Orwell el mayor peligro para una democracia son los políticos autoconvencidos de su pureza moral y que justifican la represión “por el bien superior”, al argumentar que están del “lado correcto de la historia”. Aron veía en Robespierre el nacimiento de la idea moderna del Estado redentor que en el siglo XX reaparece en formas comunistas y fascistas.
Con las diferencias de tiempo y lugar, este columnista ve en Iván Cepeda, especialmente a su paranoia perseguidora contra sus enemigos, alarmantes similitudes con Robespierre. Diciplinado, estudioso, dogmático, y como buen marxista, profundamente ideologizado, Cepeda proyecta una imagen de virtuosidad y coherencia en su defensa de los derechos humanos, sus señalamientos contra la delincuencia, y el rechazo a los corruptos. ¿Pero existe en él un relativismo moral, una ética líquida? Su defensa de los derechos humanos se centra en las víctimas del Estado, no en las infinitamente más numerosas víctimas de los narcoterroristas (asesinatos, secuestros, reclutamientos forzosos, extorsiones) de las FARC y el ELN; defiende el reclutamiento de menores en la guerrilla durante el cese al fuego, siempre y cuando hayan cumplido 15 años; sus abrazos a Santrich e Iván Márquez ponen en duda su compromiso frontal contra los narcoterroristas que, a punta de fusil, quieren imponer su modelo económico y social; las dudas y preguntas sobre la fuente de recursos para la consulta petrista no dejan buen sabor; y su alianza con el cura Hoyos en Barranquilla deja entrever que no se sentiría incómodo gobernando con los pícaros.