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Reemplazando por “chicha” el “agua bendita”

Mauricio Botero Caicedo

15 de marzo de 2026 - 12:06 a. m.

Hace más de seis décadas los intelectuales latinoamericanos de izquierda creyeron haber descubierto la fórmula alquímica para redimir al continente: mezclar el Evangelio con Karl Marx, coctel que algunos bautizaron con el divertido apodo de “vodka con agua bendita”. La peregrina mezcolanza hacía referencia a la “Teología de la Liberación”, movimiento que en el continente durante décadas agitó universidades y movimientos sociales y que llevó a muchos curas —particularmente en Colombia— a trucar la sotana por el Kalashnikov.

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¿Tiene en Colombia acogida, como se preguntaba un agudo analista, “una izquierda que encuentra en el indigenismo una fuente de legitimidad histórica; y un indigenismo que encuentra en el marxismo un lenguaje global para sus reivindicaciones”? Mientras el resto del mundo se concentra en resolver los apremiantes problemas del siglo XXI, la dupleta de Iván Cepeda y Aida Quilcué nos ofrece una variación del coctel del siglo pasado, manteniendo el “vodka”, y reemplazando el “agua bendita” por “chicha”: el marxismo aportaría la justificación para imponer el estatismo; y el indigenismo aportaría el lenguaje moral de la presunta deuda histórica colonial. ¿Es el coctel de “vodka con chicha” un brebaje original? No… los bolivianos ya lo habían ensayado. Fausto Reinaga, activista indígena boliviano, a mediados del siglo pasado fue considerado el precursor del indianismo moderno y sus ideas jugaron un papel decisivo en el ascenso político de líderes indígenas como Evo Morales. Para Reinaga la lucha no era solo de clases sino la civilización indígena enfrentada contra la civilización occidental.

A finales del siglo pasado aparece Evo Morales con su retórica marxista, convirtiendo el indianismo en un proyecto estatista. Enamorado como Cepeda y Petro de grandes causas redentoras, el proyecto medio utópico y medio infantil de Evo de refundar la historia fue un rotundo fracaso: a pesar de ser Bolivia mayoritariamente indígena, Evo nunca logró construir instituciones que funcionaran, ni cambiar en un ápice la estructura productiva de Bolivia.

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Lo que los colombianos tenemos que tener es la absoluta certeza de que cuando la extrema izquierda habla de refundar la democracia por medio de una constituyente, lo que realmente tienen como objetivo es permanecer en el poder, principalmente por medio de un casi omnímodo Estado controlado por un partido dominante. El marxismo de Cepeda intenta justificar que sea el Estado el que controle prácticamente la totalidad del diario devenir de los colombianos; y el indigenismo de la Quilcué les sirve como instrumento de legitimación política para su proyecto estatista.

Apostilla. La dupleta de Paloma y Juan Daniel está bastante más preparada para enfrentar los grandes retos del siglo XXI —como es la irreversible migración del campo a los centros urbanos, la criminalidad multinacional, la Inteligencia Artificial, la biotecnología y la transición energética— que la retórica socialista conjugada con el indigenismo primario del siglo pasado, representadas por Cepeda y Quilcué (en Colombia los indígenas solo representan el 4,4 % de la población).

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