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Viendo los últimos acontecimientos en el continente, es evidente que nuestro destino sí se forjó en el siglo XVI. Haciendo referencia a las tesis tomistas del estadounidense Richard Morse, hace unos meses el historiador mexicano Enrique Krauze, en artículo de El Tiempo (1° de marzo de 2021), afirmaba: “Morse resumía la herencia cultural del monarquismo y el caudillismo en diez preceptos que permean la cultura política iberoamericana, un verdadero decálogo del populismo: I) El mundo es natural, no se construye. II) Desdén por la ley escrita. III) Indiferencia a los procesos electorales. IV) Desdén hacia los partidos y las prácticas de la democracia. V) Tolerancia con la ilegalidad. VI) Entrega absoluta del poder al dirigente. VII) Derecho a la insurrección. VIII) Carisma no ideológico: psicológico y moral. Un gobierno debe tener «un sentido profundo de urgencia moral» que encarna en «dirigentes carismáticos con atractivo psicocultural». IX) Apelación formal al orden constitucional. X) El gobierno personal es cabeza y centro de la nación”.
En algunos de sus magistrales libros, el académico y escritor español Arturo Pérez-Reverte señala, con enorme realismo y crudeza, que buena parte de los problemas de España (y obviamente de sus colonias) nacen del Concilio de Trento: “Al final va a resultar que Lutero, Calvino y hasta Enrique VIII y todos aquellos herejes listillos tenían razón, y que este país de gilipollas —por si no caes, me refiero a España— perdió el tren hace cuatro siglos y ahí sigue, mirando la vía con cara de memo. He expresado alguna vez mi sospecha de que fue en Trento donde la jiñamos del todo; y mientras los holandeses, los alemanes y los anglosajones optaban por un Dios práctico, marchoso, que bendice el trabajo y se alegra de que ganes pasta honradamente porque así vas al cielo, aquí apostamos —o apostaron en nuestro nombre, como siempre— por otro Dios más llevadero, corrupto y propenso a enjuagues y trapicheos, sobornable con indulgencias, con confesiones y penitencias, con arrepentimientos de última hora. Como toda religión configura su propio tejido social, a la larga terminamos aplicando esos puntos de vista a todo: a la política, la economía, la moral pública y privada. Y ahí seguimos, colega. Moviéndonos entre la cara dura, la incompetencia, el fanatismo, la demagogia y el más espantoso ridículo”.
A la herencia del enjuague y trapicheo de América Latina hay que añadirle lo que el analista venezolano Moisés Naím llama la necrofilia ideológica: el amor ciego por las ideas muertas, ideas que ya han sido probadas y han fracasado.
Los peruanos han elegido a un sindicalista que idolatra a uno de sus antecesores en la Presidencia, el general Juan Velasco Alvarado, chafarote que arruinó al vecino país. Al destruir el agro, Velasco fue el arquitecto de la miseria de un campesinado que terminó alimentando los cinturones de miseria que rodean las principales ciudades del Perú. Argentina, tal vez el único país del mundo que ha pasado del desarrollo al subdesarrollo, fue víctima de uno de los mayores charlatanes y populistas que ha tenido la historia: Juan Domingo Perón. Casi con certeza en Colombia (y buena parte de los países de América Latina) nos vamos a seguir moviendo en el campo del desdén por la ley escrita, de la tolerancia con la ilegalidad y la insurrección. Seguiremos siendo el caldo de cultivo de lo que Pérez-Reverte denomina la cara dura, la incompetencia, el fanatismo, la demagogia y el más espantoso ridículo.
