La charla de Petro ante el foro en Davos tiene de rescatable que el capitalismo, para prosperar y seguir sacando a millones de personas de la pobreza —como se ha logrado, con singular éxito, en China e India—, necesita desprenderse de los combustibles fósiles y avanzar en la descarbonización. El analista Moisés Naím señala que las palabras de Petro habrían podido ser mucho más efectivas si hubiera evitado tanta hipérbole y tanto regaño.
Dos de los tres países en el mar del Norte van a seguir explotando activamente el gas y el petróleo. Noruega, principal exportador de gas y petróleo de Europa occidental, en el 2021 produjo el equivalente a cuatro millones de barriles de petróleo diarios y ha abierto 92 nuevos bloques de exploración. El Reino Unido, hace unas semanas, abrió el proceso de concesión de un centenar de licencias de exploración y extracción de petróleo y gas en 898 bloques. Dinamarca, paulatinamente, abandonará la exploración de nuevos yacimientos de hidrocarburos, sector que representa solo el 0,18 del PIB y menos del 1 % de sus exportaciones.
En Colombia, donde los hidrocarburos aportan el 3,3 % del PIB y el 40 % de las exportaciones, renunciar a esos ingresos, que no nos van a permitir financiar la transición, sería un suicidio. Por paradójico que suene, son precisamente los combustibles fósiles los que van a aportar los recursos necesarios para financiar la transición. Nosotros emitimos entre el 0,4 y el 0,6 % de los gases de efecto invernadero y nuestras exportaciones 400.000 barriles/día serían fácilmente remplazadas por otros productores. Si Colombia quiere avanzar en el camino de la descarbonización tanto por el lado de la oferta como en el de la demanda tiene que preparase a hacer, aparte de más expeditos los procesos regulatorios y licencias ambientales, gigantescas inversiones. Por el lado de la oferta de energía solar y eólica hay cinco veces más propuestas de inversionistas privados que la capacidad técnica de absorber la electricidad generada. Los cuellos de botella en subestaciones, transporte y distribución, en buena parte resultado de una diabólica “licenciología” en que las líneas requieren hasta 270 permisos, no han permitido convertirnos en un país con oferta eléctrica 100 % verde.
Tampoco se está haciendo mayor cosa en el lado de la demanda. Transformar el parque de las motocicletas a eléctrico, que consume el 30 % de la gasolina y de la contaminación, sería un “mango bajito” (lo que se llama un low-hanging fruit). Pero precipitar dicha transición requiere vigorosa acción estatal, incluyendo el diseño de incentivos. El caso de Vietnam, un país que nos dobla en población y tiene 50 millones de motocicletas más que nosotros (nosotros solo tenemos diez millones), es un modelo a seguir. Con un agresivo plan de transición energética, el parque motociclista eléctrico de Vietnam se acerca a las 25 millones de motos. ¿Cómo logró Vietnam esa transición? Hace un lustro trazó una hoja de ruta para la transición, concertada entre el sector público y privado, en que se diseñaron los incentivos, regulaciones, gravámenes, impuestos y obligaciones. Colombia lo que requiere es menos discusiones planetarias y mucha más acción y compromiso.