Desde Madrid llegaron a Buenos Aires un tarugo, un prevaricador y una arribista. ¿A qué fue el trío? A acusar, acompañando al Grupo de Puebla, a un tribunal argentino de haber dictado una sentencia injusta en contra de la actual vicepresidenta de ese país, inmiscuyéndose abusivamente en un asunto interno de Argentina. El Tribunal austral condenó a Cristina Kirchner a seis años de cárcel e inhabilitación perpetua para ejercer cargos públicos por el delito de administración fraudulenta en perjuicio de la administración pública. Los jueces estimaron que la maniobra de corrupción de la Kirchner y su fallecido esposo, Néstor, perjudicó al Estado por más de US$1.000 millones. Los fiscales Luciani y Mola dijeron que los Kirchner “instalaron y mantuvieron en el seno de la administración nacional y provincial de Santa Cruz una de las matrices de corrupción más extraordinarias que se hayan desarrollado en el país… Todas las licitaciones fueron una farsa. Hubo una cartelización organizada por el Estado nacional”.
El tarugo es el anterior jefe de gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero, un mediocre que hoy funge como correveidile de Nicolás Maduro. Rodríguez Zapatero, hombre de limitadísimas capacidades intelectuales, hace honor al sabio acervo popular español sobre el triunfo de la mediocridad. Para el Financial Times, Rodríguez Zapatero —que abandonó la presidencia del gobierno español dejando a España envuelta en la peor crisis económica de su historia democrática— pasaría a la posteridad como un “lightweight” (un peso ligero). El periodista Arturo Pérez Reverte retrata con precisión a Rodríguez Zapatero: “Bastaba con observarle la sonrisa, sabiendo que, con dedicación y ejercicio, un imbécil puede convertirse en el peor de los malvados. Precisamente por imbécil”.
Al prevaricador Baltasar Garzón, en el 2012, siete magistrados del Tribunal Supremo de España lo condenaron a 11 años de inhabilitación por ordenar escuchar las comunicaciones que mantuvieron en la cárcel los principales imputados en un caso de corrupción, sentencia que implicaba la pérdida definitiva de su condición de juez. El fallo dice que Garzón realizó prácticas que hoy “solo se encuentran en los regímenes totalitarios”, en los que todo se considera válido para conseguir “la información que interesa al Estado”. Hace unos años, el comentarista Federico Quevedo afirmaba: “Baltasar Garzón no es ninguna víctima del franquismo. Es una víctima de sí mismo, de sus propios errores, de su ambición desmedida y desproporcionada, de su exceso de protagonismo, de su vanidad imparable y de la convicción personal de que como juez está por encima de la ley, de que es un intocable”.
La arribista que había confirmado su asistencia a la convocatoria del Grupo de Puebla para “denunciar” que Cristina Fernández “ha sido víctima de un juicio político orquestado por la derecha con operadores de la justicia y medios de comunicación para sacarla del debate democrático”, es la vicepresidenta del gobierno español, Yolanda Díaz. Cabe preguntarse si esta arribista acudía en su carácter oficial, dejando en evidencia una flagrante violación de la independencia judicial de Argentina por parte del gobierno de Sánchez, o en carácter privado, abusando de los contribuyentes españoles a quienes les tocó sufragar los gastos de doña Yolanda.
Apostilla: el mayor peligro en dejar que alguien saque de la cárcel a su antojo es que puede también meter a la cárcel a su antojo.