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Los regímenes totalitarios, llámense comunistas o fascistas, tienen muchas cosas en común, como la aspiración de desaparecer e (in)visibilizar a sus víctimas. Según un artículo del diario El Mundo, de España, “con la publicación de La cosecha del dolor, en 1986, Robert Conquest volvió a desafiar a los complacientes intelectuales occidentales (empeñados en presentar el despiadado régimen soviético como la realización política del paraíso revolucionario), desvelando lo que Stalin se había esforzado en ocultar: el genocidio ucraniano, que acabó con la vida de casi cuatro millones de personas con un método especialmente cruel: el exterminio físico a través del hambre”.
Según documentos del Museo del Holocausto, “a fin de ocultar lo más posible la operación de exterminio a los que la ignoraban, Hitler ordenó que nunca se hablara directamente de los asesinatos en documentación alemana o en declaraciones públicas. En su lugar, los alemanes utilizaban nombres en código y palabras neutras para referirse al proceso de exterminio. Por ejemplo, en el lenguaje nazi, ‘acción’ se refería a una operación violenta contra civiles judíos (u otros) por parte de las fuerzas de seguridad alemanas, ‘reasentamiento en el este’ se refería a la deportación forzosa de civiles judíos a centros de exterminio en la Polonia bajo ocupación alemana, y ‘tratamiento especial’ significaba asesinato”.
Se trae a colación esta reseña histórica para resaltar la gran polémica que generó en Colombia el listado de víctimas de las Farc que se publicó en las redes sociales. Algunos energúmenos senadores de izquierda, como Iván Cepeda y otros que públicamente han reconocido sus asesinatos y violación de menores, argumentan que con dicha publicación se estaría violentando el “derecho de intimidad” de las víctimas. El Espectador, que a través de los años ha hecho gala de su independencia, no vaciló en publicar, el 5 de mayo de 1999, la lista de víctimas del secuestro. No recuerda este columnista que al editor Rodrigo Pardo lo hubieran acusado de violar el “derecho de intimidad” de las víctimas. Entonces, pretender que las víctimas no pueden tener nombre, apellido y mucho menos rostro, excusándose en el peregrino argumento del “derecho a la intimidad”, es arrebatarles a los damnificados la legítima aspiración a ser reconocidos. Tanto Hitler como Stalin no hubieran podido estar más de acuerdo en mantener a las víctimas en el anonimato.
Apostilla. Catalina Uribe, columnista de este diario, hizo una interpretación equivocada de una de mis columnas. En su escrito, “¿Interrumpiendo el canon?”, la periodista ironiza: “En este caso, eso parece traducirse en ‘no hay grandes libros escritos por negros y muchos menos por negras’”. Se equivoca la columnista: dentro del canon universal se encuentran extraordinarios escritores negros y mulatos como Joaquim Machado de Assis, a quien Susan Sontag llamó “el más grande escritor jamás creado en Latinoamérica”; Alexandre Dumas, el inmortal autor de Los tres mosqueteros (1844) y El conde de Montecristo (1844), que era mulato; y Toni Morrison, escritora negra ganadora del Premio Pulitzer en 1988 y del Premio Nobel de Literatura en 1993. El argumento de este columnista es que en el canon universal se deben incluir los libros por su excelencia, no por el color de la piel o los órganos reproductivos del autor. Hacerlo de otra manera es una lastimosa discriminación racial e intelectual.
