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¿Y si no vacunaran a los de Harlem?

Mauricio Botero Caicedo

24 de abril de 2021 - 10:00 p. m.

Cualquier neoyorquino con dos dedos de frente se daría cuenta de que una política insensata sería vacunar a la gente de todos los barrios de Nueva York, excepto a los de Harlem. Y sería insensata porque no hay nada más democrático que el COVID-19: no distingue entre ricos y pobres, blancos y negros, indígenas y mestizos. Si bien pareciera que todos están en el mismo barco, flotando en el mismo mar y enfrentando la misma tormenta, la verdad es que hay diferencias, ya que unos van en yate, otros en bote, varios en una piragua próxima a naufragar y la mayoría difícilmente tiene un chaleco salvavidas o un tronco. Como bien lo señala la antropóloga médica Elisa Alegre-Agís, “el virus no distingue entre cuerpos orgánicamente. Pero el virus distingue en sus causas y consecuencias. Así que no, el virus, en la práctica, nos une pero no nos iguala”. Aparte de no distinguir entre las personas, el COVID-19 tampoco reconoce fronteras. Le da exactamente lo mismo Bangladés que Suiza, Estados Unidos que Guayana. Vacunar solo a unos barrios de una ciudad o unos pocos países en el mundo en detrimento de otros es una política de monumental miopía. En pocos días o semanas el virus se regaría y muy seguramente con cepas desconocidas, potencialmente más letales.

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La decisión de los países ricos de acaparar las vacunas no tiene explicación alguna. Hoy, según el Banco Mundial, nueve de cada diez vacunas se inyectan en países con recursos altos o medio-altos, concentrando casi la mitad de las vacunas en los países miembros del G-7. Para Benjamin Mueller, de The New York Times, “mucho más allá de Estados Unidos y Europa, las amenazas de seguridad que rodean a las vacunas de AstraZeneca y Johnson & Johnson han puesto en peligro las campañas para inmunizar al mundo, socavando la confianza en dos fármacos muy necesarios y amenazando con prolongar la pandemia de coronavirus en países que no pueden permitirse el lujo de ser exigentes cuando se trata de las vacunas”. David Fickling, en Bloomberg, advierte: “Contando solo los medicamentos que ya están en el mercado, la capacidad de fabricación total de este año debería ser suficiente para administrar 12.000 millones de dosis, según una base de datos compilada por el Duke Global Health Innovation Center. En teoría, eso podría ser suficiente para poner fin a la pandemia de COVID-19. Dado que las vacunas de una sola inyección representan 1.500 millones de esas dosis, podrían administrar suficientes vacunas para inmunizar a aproximadamente el 88 % de la población mundial… Todos los fabricantes de medicamentos del mundo (incluso los fabricantes de genéricos, a menudo tratados como tribunas del sur global) quieren vender a los países ricos, donde los márgenes de beneficio son más altos”. No cabe la menor duda de que las vacunas funcionan y nadie, indistintamente de dónde viva y qué patrimonio tenga, se puede sentir seguro si el mundo entero no está vacunado. Ojalá los países ricos entiendan el mensaje del COVID-19: “O todos en la cama o todos en el suelo”.

Apostilla. Patricia Lara, inteligente y reconocida periodista, sugiere que el Gobierno arregle las diferencias con Cuba para poder comprarles dos de sus vacunas. Respetuosamente, pongo en la mesa una propuesta alterna: comprar y vacunar a la izquierda colombiana con la Soberana 02 y la Abdala. ¡En el brazo izquierdo, se sobrentiende!

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