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Además de marxista, conservador

Mauricio García Villegas

07 de febrero de 2026 - 12:05 a. m.

En mi columna anterior, dije que Trump, con su despotismo desfachatado, me había devuelto la fe en Marx. La razón es esta: la crítica marxista al capitalismo del siglo XIX estaba bien fundada, pero la socialdemocracia y el orden internacional de la posguerra, al humanizar ese capitalismo, la volvieron falsa. Hoy, con Trump deshaciendo todo eso, esa crítica vuelve a ser verdadera. En esta columna voy a sostener que el desbarajuste del mundo actual también me ha devuelto la fe en el conservatismo, al menos en un conservatismo filosófico (el de Alexis de Tocqueville o el de Edmund Burke) y voy a explicar por qué no me contradigo con lo que dije en la columna anterior.

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Desde la caída del Muro de Berlín (si no antes) el capitalismo se quedó solo, sin adversario a la vista y por esa causa empezó a ser víctima de sí mismo, de su arrogancia. Perdió la dimensión humana del orden social y abrazó la más anglosajona, fría y materialista de sus versiones, la que menos dispuesta estaba a ponerle límites a la riqueza y la que más creía en la idea calvinista de que el mercader codicioso (más que el profesor sabio, el sacerdote abnegado o el magistrado justo) es el héroe que la sociedad necesita. Como resultado de esta singular escala de valores, el mérito empezó a ser lo mismo que el éxito, la moral se volvió asunto de ingenuos, las virtudes cívicas se diluyeron en la competencia y el cultivo del espíritu (no solo religioso) se volvió una actitud extravagante. Todo esto alimentó el individualismo hedonista que reina en el mundo de hoy, apuntalado en la convicción de que la moral es privada, de que la educación solo sirve para ganar dinero y de que cosas como el honor, el altruismo y la integridad son ideales del pasado.

Es tentador pensar que la causa de todo esto está en Trump y su camarilla de ricos ominosos, pero la verdad es que esa gente solo es el síntoma de una degradación moral que hoy hace curso, sobre todo en los Estados Unidos, desde hace por lo menos cuatro décadas.

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Colombia ha sido presa fácil de esa evolución del capitalismo, entre otras cosas porque aquí la cultura es ligera, el sistema educativo es mediocre, y la polarización política debilita la dimensión sagrada de lo público (en términos de Mockus). Algunos pensamos que esto iba a cambiar con la llegada de la izquierda, una ideología que tenía las banderas de la ética y el humanismo; pero esa ilusión se convirtió en un gran desengaño cuando vimos que el presidente Petro reproducía los vicios políticos de siempre: el mismo desprecio clientelista por el mérito, por la honestidad intelectual, por la búsqueda de consensos y por el respeto del Estado de derecho. Ojalá las elecciones que se avecinan sirvan para recuperar lo que todavía queda de majestad presidencial, de ciencia, de cultura y de elevación de los valores públicos no partidistas.

Para que eso sea posible hay que volver a los ideales conservadores (ni Trump ni el Partido Conservador Colombiano son realmente conservadores) que enfrentan el relativismo, la primacía de las identidades grupales, el deterioro de la moral y el imperio del cinismo en la política.

Termino con una reflexión teórica que une esta columna con la anterior: la mente humana prefiere lo simple –así sea falso– a lo complejo –así sea verdadero–. Por eso para muchos es difícil aceptar que la mejor democracia posible es un modelo híbrido, como pensaba Héctor Abad Gómez, que combina ideales marxistas de igualdad, reglas liberales de control del poder y principios conservadores de moralidad y cultivo del espíritu.

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