Sigo con mis reseñas de libros recientes sobre Colombia. En esta ocasión hablo de Tierra, guerra y política, un libro de Francisco Gutiérrez Sanín, ineludible por su rigor, por su vuelo analítico y por las pistas que da para entender el momento actual.
El texto empieza con la decisión de las élites políticas del Frente Nacional, conscientes de que las graves heridas que había dejado La Violencia, entre ellas la desigualdad en el campo, de poner en marcha una reforma agraria. Después de muchos devaneos la reforma fracasó, en parte por la oposición de gente influyente en la derecha, en el partido liberal y en la izquierda (unos la consideraban excesiva, otros inútil y otros insuficiente) y en parte por la intervención de políticos de todos los pelajes que quisieron sacar provecho de su fracaso.
Se impuso entonces la idea de que en lugar de distribuir tierra había que fomentar la colonización campesina. Esa solución hizo que el tema de la inequidad en el campo fuera tratado a partir de estas tres premisas: 1) hacer caso omiso de que el latifundio entrañaba inequidad e improductividad en el agro, 2) privatizar el problema de déficit de tierra de los campesinos según los términos de una colonización no acompañada por el Estado, sin reglas ni protección a los colonos, y 3) expulsar el problema desde el centro hacia la periferia.
La tesis de Gutiérrez es la siguiente: el segundo ciclo de la violencia colombiana reciente, que va desde los años 60, cuando se crean los principales grupos subversivos, hasta el proceso de paz de 2016, se incubó en las frustraciones que dejó el fracaso de la reforma agraria. Las guerrillas liberales se radicalizaron y se convirtieron en ejércitos revolucionarios, lo cual, a su turno, dio lugar al paramilitarismo, tolerado o apoyado por el Ejército en algunas regiones del país.
¿Qué habría pasado si la reforma agraria hubiese prosperado? Tiene sentido pensar que el país se habría ahorrado 60 años de conflicto armado; no estábamos condenados a padecer esta nueva guerra: “el ciclo de confrontación contrainsurgente fue un resultado, no un destino”, dice Gutiérrez.
El camino de la reforma no era fácil: había que deponer los odios; sentarse a negociar; reconocer a los otros como actores legítimos; aceptar que la solución negociada no es la ideal, pero era la mejor posible y darle tiempo al mediano plazo para que lo acordado apaciguara los ánimos y produjera resultados. La reforma implicaba una buena dosis de humildad y paciencia, dos virtudes que en Colombia se echan de menos desde los inicios de la República. Por eso tantas reformas frustradas han dado paso a la violencia, la ilegalidad, el clientelismo, o el simple olvido de que el problema existe. Y por eso este es un país que repite sus pesares sin entender por qué.
Este libro es, además, esencial para entender la violencia como un fenómeno complejo desencadenado por una combinación de por lo menos los siguientes elementos: 1) injusticia social, producto de la inequitativa distribución de la tierra; 2) un Estado que, por un lado, es incapaz de proteger a la gente (tanto a los campesinos como a los hacendados) de los bandidos, de los criminales y de los avivatos y, por el otro, adopta una manera clientelista de operar en las regiones, delegando el control y obteniendo lealtades a cualquier precio, y 3) ideologías alentadas por políticos que aguijonean los miedos, los odios y las venganzas y que llevan a la gente a matar o a hacerse matar. Este libro sirve para entender muchas cosas en Colombia y una de ellas es que no estamos resolviendo ninguno de estos tres problemas. Al contrario, los estamos agravando.