En los últimos meses me he dedicado a leer libros nuevos de historia de Colombia con el fin de preparar una edición ampliada de El país de las emociones tristes. Por eso, aquí escribo sobre lo que vengo leyendo. En esta ocasión quiero hablar de Colombia, un drama, un libro extraordinario que contiene las memorias políticas de Abelardo Forero Benavides, testigo y protagonista de los años tormentosos que van de 1947 a 1957. El texto es de 1957, pero el autor no quiso publicarlo por temor a que sus ideas ahondaran las divisiones políticas de esos tiempos. Esta decisión muestra el talante moral del Forero Benavides, un liberal ecuánime y pacifista que fue consciente, como pocos, de que un país se malogra cuando todo lo público (el Estado, la ciencia, la cultura) se reduce a la política y toda la política se reduce a las pasiones huracanadas de sus líderes.
Escritas en una prosa amable y lucida, estas memorias dan cuenta de los pesares de Colombia y de cómo las élites, sobre todo los líderes de los partidos tradicionales han contribuido a que ello ocurra. Destaco cuatro ideas centrales del libro para ilustrar este argumento.
Uno. Colombia ha estado gobernada por líderes políticos indolentes que no solo no han sabido rescatar al pueblo de la pobreza, sino que lo han sumido en la violencia. Su interés ha estado puesto en la religión, en la gramática, en las ideologías y, más que todo eso, en acumular poder, no en mejorar la condición del pueblo ni en garantizar la paz, que es una condición de esa mejoría. Más que indolentes las élites han sido cínicas: adoptaron una actitud indiferente ante los miles de campesinos muertos durante los años de violencia partidista, pero desataron su furia devoradora cada vez que sintieron amenazados sus réditos electorales o burocráticos.
Dos. No obstante, los conductores del país han gozado de plena impunidad. Nunca han respondido por la relación de causalidad que hubo entre su desmesura verbal, depositaria de sus odios, y la movilización campesina, que guardaba como un bien sagrado la identidad partidista que había heredado de las guerras del siglo XIX.
Tres. También son responsables de desequilibrio ético: a sus enemigos les atribuyeron todo el mal posible y ellos, de su lado, no reconocieron ninguno. Un ejemplo simple pero elocuente: cuando la casa de Laureano Gómez fue incendiada por la turba gaitanista el 9 de abril, los liberales se quedaron callados, y años después, cuando las casas de Alfonso López y Carlos Lleras fueron incendiadas por la riada conservadora, los conservadores tampoco dijeron nada. El silencio cómplice ahondó el resentimiento.
Cuatro. Hubo, por supuesto, políticos moderados y pacifistas que llamaron a la sensatez y al entendimiento (Echandía, Lleras Camargo y a veces López Pumarejo), pero todos fueron aislados y acallados por la voz tempestuosa de los radicales. Todo aquel que hiciera un llamado a la cordura, o que tomara una posición independiente, era catalogado de “entreguista” (los tibios de aquella época) por su propio partido y aislado.
Forero Benavides se apartó del sectarismo de su época y sostuvo que “Colombia solo podía salvarse por el doble camino de la justicia social y de la concordia”. Este libro fue escrito hace casi setenta años, pero lo que dice sobre los odios inoculados desde arriba por políticos intemperantes, codiciosos, arrogantes e incapaces de brindar bienestar a la gente pobre, y, además, lo que dice sobre el aislamiento de los moderados, que llaman al entendimiento y a la paz, todo eso sigue siendo, en buena medida, cierto.