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El lado no político de la vida

Mauricio García Villegas

27 de junio de 2026 - 12:05 a. m.

La política no es todo. Hay una parte de la existencia humana que está por fuera de ella y en la que mora el arte, el deporte, la poesía, la ciencia, el amor, y muchas cosas más. Es cierto que el poder se puede infiltrar allí, como lo explicó Foucault y como lo denunciaron las feministas con aquello de que “lo personal es político”, pero eso no significa que sea omnipresente. La política desmejora el arte y la ciencia y eso se puede ver en América Latina con el llamado arte comprometido y con las teorías decoloniales (y su historia comprometida), y ya se vio en la Unión Soviética cuando la ciencia reprimió la genética clásica para que fuera compatible con la ideología marxista-leninista (Lysenkismo).

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El humanismo, como el arte y la ciencia, tampoco debería ser invadido por la política. Todos, sin distinción de creencias o partidos, condenamos la esclavitud, la tortura, la subordinación de las mujeres, la discriminación racial. Es verdad que la esclavitud se defendió en los parlamentos y que la inferioridad de la mujer fue ley, pero todo eso fue superado por largas luchas que impusieron algo de progreso moral. La civilización consiste en preservar algunas cosas esenciales de la controversia política. Los demagogos actuales quieren revertir ese progreso y devolvernos al pasado.

La dignidad tampoco debe ser colonizada por la política. Kant distinguía precio y dignidad: las cosas tienen precio, las personas tienen dignidad. Hoy estamos perdiendo esta distinción por causa de una teoría política que sostiene que todo se gerencia con dinero. El mercado, según eso, es el mejor sistema para repartir bienes como justicia, seguridad, aire, agua. Pero lo que en realidad hace esa ideología es corromper esos bienes, de la misma manera que se arruina el amor por la lectura del niño cuando los padres le pagan para que lea. En Lo que el dinero no puede comprar, Michel Sandel muestra cómo la calidad de la sangre (y la cantidad) decrece cuando se paga por donar, y trae el caso de una guardería en la que, por empezar a multar a los padres que llegan tarde a recoger a sus hijos, aumentaron los niveles de tardanza debido a que la multa dejó de ser un reproche moral y se volvió una tarifa (“como ya pagué, ya no estoy en falta”).

Los ciudadanos debemos luchar por preservar lo no-político como espacio “sagrado” (en sentido mockusiano) que ninguna ideología o partido puede colonizar. Esa lucha, lo reconozco, también es política, pero se encamina a reducir la incidencia de la política en nuestras vidas, como ocurre a veces con los bomberos que usan el fuego controlado para extinguir los incendios. En ese espacio cabe lo que ya he dicho (la dignidad, el arte, la ciencia) y también cabe la Constitución, con sus valores, derechos y reglas de juego. Incluso caben unos contenidos mínimos (subrayo, mínimos) de justicia social y orden. No tiene sentido que la derecha no crea en mínimos de justicia social y que la izquierda no crea en mínimos de orden. Ni lo primero (mínimo de justicia social) debería ser visto como de izquierda ni lo segundo (mínimos de orden) debería ser visto como de derecha.

Pero como eso no ocurre en Colombia (bueno, en casi toda América Latina) pasamos de un presidente que cree en la justicia social y no en el orden a otro que cree en el orden y no en la justicia social. Ninguno de los dos entiende que ambas cosas son esenciales para la población y que deberían ser objetivos de todos los gobiernos, objetivos supra-políticos.

PS: Una versión ampliada de esto apareció en el proyecto Imaginar la democracia.

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