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El respeto

Aquí termino, por ahora, la serie de reseñas de libros que empecé hace casi tres meses. En esta ocasión quiero hablar de Sin respeto, de Byung-Chul Han, que no trata de Colombia, pero dice cosas que son muy útiles para entender lo que aquí está pasando. Hay mucho que decir de este pequeño libro y por eso dividiré mi reseña en dos columnas. En esta hablaré de la enemistad y en la próxima de la desvergüenza, dos actitudes contrarias al respeto que han tomado mucha fuerza en la última década.

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Respetar, dice Han, es tener consideración por el otro, reconocer su persona, su dignidad, su “otredad”, es decir, percibir al ser humano sensible, con experiencia y pensamiento propios que se relaciona con nosotros. El respeto implica una disposición a no ser el centro de atención; un recato, una apertura hacia la otra persona. Esta imagen es lo que Martin Buber, citado por Han, llama “fantasía real”: me imagino al otro tal como es, no como yo quiero que sea, o como exijo que sea, o como, amañadamente, supongo que es. La fantasía real, propia del respeto, se opone a la “fantasía narcisista”, altanera y moralizante, que solo piensa en sí misma y que hoy domina en las redes sociales y en la sociedad.

Han contrasta la actitud de respeto con el talante identitario, que ve al otro como una amenaza, como un obstáculo o como un enemigo. Para Carl Schmitt, el célebre pensador alemán, el fundamento de lo político está en lo identitario, que surge cuando el militante identifica, clara y decididamente, a su enemigo, para derrotarlo o eliminarlo. La política identitaria, en consecuencia, está llena de emociones guerreras: odio, miedo y resentimiento. Esto es, dice Han, lo contrario de la política del respeto, que no se basa en identidades sino en opiniones, es decir, en pensamientos “que pueden ser puestos en tela de juicio por medio de la razón. La identidad, en cambio, construye un fundamento incuestionable de la persona”.

Han contrasta una sociedad en crisis, en la que prevalece el miedo, el resentimiento, el narcisismo, la desvergüenza, la enemistad y el conflicto, con una sociedad en paz, en la que descuellan el respeto, el pudor, la vergüenza, la consideración hacia el otro, la cohesión social y el debate democrático.

La política identitaria puede ser de izquierda o de derecha, conservadora o liberal, nada de eso importa mucho; lo que cuenta es la división entre los propios y los contrarios y el deseo incesante de doblegar al oponente, de no reconocerlo como interlocutor digno o válido. Lo que cuenta, en todo caso, es una lucha en la que el respeto no tiene cabida.

Tal vez valga la pena aterrizar estas ideas en la Colombia de hoy. El presidente actual, como el anterior y como muchos otros en el pasado, gobierna con una política identitaria de amigo-enemigo. De ahí viene su guerra cultural contra las ideas, imágenes o creencias que considera dañinas para la sociedad. En esa guerra no hay pudor ni consideración ni respeto. Todo se hace en nombre, según dice el presidente, de la recuperación de los valores tradicionales y de las buenas costumbres.

Calos Suarez resume así el credo de la patria milagro: “nosotros creemos en la libre empresa, en la familia, en la fe y en los valores fundacionales de la sociedad”. Lo extraño es que el respeto, un valor tan caro para la sociedad tradicional y para los conservadores, no haga parte de ese credo. La respuesta es simple: este no es un gobierno conservador, es más bien laureanista, aunque esté rodeado de conservadores y se haga pasar por conservador.

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